Imagínense esto: un jugador de que mezcle el poder físico de Howard, la técnica de Olajuwon y una mentalidad ganadora a prueba de bombas. Una vez hecho el cocktail, retrocedan cincuenta años en el baloncesto. Un hombre adelantado a su tiempo; un salto genético y técnico de varias generaciones. Fue uno de los primeros dominadores de la historia. Quizá, el pionero por condiciones y por actitud. Una personalidad arrolladora. Un pívot que jugó de base. Una mente maravillosa y un cuerpo legendario. El impacto que tuvo Blake Griffin en nuestras vidas es ínfimo comparándolo con el que supuso el aterrizaje de Wilt Chamberlain en la NBA. Él y Bill Russell protagonizaron enfrentamientos legendarios sobre los que se cimentaría la historia de la NBA. Los primeros dioses del baloncesto.
Cuando la competición que encumbra a los mejores andaban aún en pañales, Chamberlain emergió junto a Baylor, West y Cunningham. Estrellas y dueños de los partidos. Gigantes de este juego. Los primeros. Chamberlain fue, quizá, el más enorme de todos. Su estatura, su velocidad, su calidad técnica, su ardor competitivo y su hambre… elementos que le mantuvieron en un altar durante más de una década. Y en una persecución gloriosa. Su camino hasta el anillo de la NBA se encontró en demasiadas ocasiones con los Boston Celtics. Sí, esos Boston Celtics que construyeron su dinastía con ocho anillos consecutivos. Un hombre contra un equipo. Hércules ante los Doce Trabajos. Logró ser campeón. Comprendió que un jugador excelente eso sí, no puede contra un equipo. Todos los grandes campeones de la historia sufren la misma metamorfosis. Jordan tardó en comprender que debía pasar de ser un hombre a un líder y Chamberlain también. Con una única diferencia, Chamberlain fue el primero en comprenderlo y en hacerlo.
Uno de los cincuenta mejores jugadores de la NBA. Dios del baloncesto. Por números e impacto. Sus dos anillos de la NBA, sus trece presencias en un All Star, sus promedios de anotación y rebotes, sus “20-30”, sus “30-30”, su fadeaway, sus cerca de cien records en la NBA son hitos de difícil superación. Algunos batibles con algo de fortuna. Sin embargo, hay uno que jamás, salvo en una película, será superado. Una anotación fuera del alcance de cualquier ser humano hace cincuenta años, en la actualidad o en las próximas siete décadas. Sólo un hombre, un dios del baloncesto lo logró. Fue él. Cien puntos en un partido. El dos de marzo de 1962, Wilt Chamberlain unió su leyenda a esa cifra mágica y redonda que muchos equipos no alcanzan en un partido con doce jugadores. No existen imágenes en movimiento de aquel encuentro ya que no fue televisado. Sólo fotografías y el acta. Nada más. Bueno, y una leyenda que dice que Chamberlain llegó al partido sin dormir la noche anterior. Él nunca lo desmintió. Una manera más de darle brillo a esa marca y a su propia historia. Verdad o mentira, el hecho contrastado fueron esos cien puntos. Una actuación que define el dominio que ejercía el dios Chamberlain sobre el resto de jugadores de baloncesto. Un hecho irrepetible. Y esto no es una frase hecha sino una realidad tan sólida como el acero.
El baloncesto es un deporte maravilloso. Un juego que mueve el mundo. Chamberlain empezó el camino para que la NBA sea el Monte Olimpo para los hombres que luchan por encestar una pelota en una canasta. Un pionero físico y técnico. El iniciador, junto a otros pocos elegidos, de la historia del baloncesto americano y mundial. Gracias a él, el juego se transformó.
Quedan 45 segundos para el final de un partido que enfrenta a los Detroit Pistons y los Indiana Pacers, con el marcador a favor de los segundos por 97-82. Todo decidido. Ben Wallace entra a canasta y Ron Artest comete falta personal sobre él. Nada del otro mundo. Una sucesión de acontecimientos como en cualquier otro partido, pero que en este caso cambiaron la NBA por completo. Muchas cosas, normas, legislación y hábitos de la Liga se modificaron. La competición cambió en muchos aspectos y todos más que justificadamente. Hoy día 19 de noviembre se cumplen ocho años de la archifamosa pelea en el Palace de Auburn Hills. Ocho años de un acontecimiento que es ya parte de la historia de la NBA en particular y el deporte norteamericano en general. No se trataba de un partido de máxima rivalidad. Ni siquiera el hecho que de que Detroit e Indiana se hubieran enfrentado el año anterior en las Finales de la Conferencia Este y el hecho de los medios hubieran querido dotar de cierto morbo, un poco tomado por los pelos, justificaba ningún tipo de exaltación especial en este choque. Incluso no se puede decir que la falta de Ron Artest fuese tan dura o malintencionada como pareció entenderla Ben Wallace. Sin embargo las imágenes hablan por sí solas y el resto es historia.
Cuando los árbitros señalizaron la falta de Artest sobre Wallace, nadie podía imaginar que el pívot de los Pistons fuese a reaccionar como lo hizo. El mastodóntico jugador, con su enorme afro incluido, se dirigió como una exhalación hacia su rival y le propinó un mitad empujón mitad codazo en su pecho. La melé entre miembros de ambos equipos no tardó en cobrar forma y los agarrones, carreras y empujones, bien aderezados con la siempre necesaria en estos casos dosis de insultos, amenazas y trash talk. Wallace fue alejado de la escena por algunos de sus compañeros y Artest se ausentó de la trifulca tumbándose sobre la mesa de anotadores, como si toda esa historia no fuera con él. Un gesto, extraño, provocativo y simpático por partes iguales. Al fin y al cabo, una pelea más de las muchas que se habían dado en la historia de la NBA hasta la fecha. Una fecha (19-11-2004) que se convertiría en especial a partir del momento en el que un fan de los Pistons decidía participar a su manera en la tangana y lanzaba un vaso de soda sobre un Ron Artest totalmente a su aire… hasta recibir el impacto. En ese momento despertó la bestia y la pelea dejó de ser en la cancha para trasladarse a la grada.
Artest se mezcló entre el público, saltando filas de asientos de dos en dos en busca de la persona que había tenido el valor de lanzarle un objeto pero no lo tenía para defenderse ante un enajenado de 2.01 metros y 120 kilos en busca de justicia. El jugador de los Pacers se tomó venganza con todo aquel que pudiera haberle agredido repartiendo mamporros a diestro y siniestro, mientras su compañero Stephen Jackson le guardaba las espaldas y varios miembros de los Pistons, tales como Rasheed Wallace o Richard Hamilton saltaban a la grada con la utópica intención de poner paz. Se había desatado una batalla campal que no sería fácil de parar, y que no se paró hasta que los jugadores de los Indiana Pacers abandonaron la cancha y se dirigieron a su vestuario. Entre tanto, camisetas rotas, más vasos volando, puñetazos (unos más certeros que otros) y algún que otro K.O. fueron protagonistas.
Cuando se consiguió que los miembros de los Pacers que estaban en el graderío volvieran al parquet, varios (insensatos) aficionados de Detroit les estaban esperando en las inmediaciones de su banquillo para tener un último enfrentamiento. Ron Artest noqueó a uno de ellos que fue directo a por él, Stephen Jackson mandó al suelo a un segundo y Jermaine O’Neal lo dejó inconsciente acto seguido (y peor que podría haber sido si el pívot no se hubiera resbalado antes de golpear al fan). El camino desde la cancha hasta el túnel de vestuarios no fue tampoco fácil. Cual videojuego, los jugadores de los Pacers que abandonaban la pista tenían que sortear todo tipo de lanzamientos de objetos y algún que otro puño que aparecía desde las gradas más próximas al acceso a las tripas del Palace de Auburn Hills. Ron Artest fue metido a rastras hasta el vestuario, Stephen Jackson entró como quien vuelve a casa después de un paseo y el resto de jugadores y miembros del cuerpo técnico hicieron lo propio, con más o menos miedo en el cuerpo… excepto Jermaine O’Neal. Al center le tomó un poco más de tiempo entrar en razón y darse cuenta que no podía seguir haciendo la guerra por su cuenta, así que finalmente fue acompañado por varias personas hasta el túnel, deteniéndose una vez más en el camino para intercambiar golpes con un grupo de aficionados que todavía querían más acción. Incluso contó con la ayuda amenazante de un Jamaal Tinsley que volvió del interior del Palace armado con una escoba para defender a su amigo. Una vez que O’Neal dejó la pista, la calma volvió poco a poco al escenario de la que había sido una de las escenas más tristes, lamentables y dantescas de la historia del deporte norteamericano. Ni siquiera las buenas intenciones de Larry Brown, entrenador de los Detroit Pistons, pidiendo calma micrófono en mano o la tímida intervención de los primeros miembros del cuerpo de policía asignado al evento deportivo fueron capaces de detener tal bochorno, que además había sido retransmitido a nivel nacional por ESPN. La NBA se había visto avergonzada por sus jugadores y fans a nivel mundial.
Las sanciones por parte de la Liga fueron ejemplares. A Ron Artest le cayeron 86 partidos (76 de regular season y 13 de playoffs) y casi 5 millones de dólares, a Stephen Jackson 30 partidos y 1.7 millones, a Jermaine O’Neal 15 partidos y 4.1 millones, a Ben Wallace 6 partidos y 400.000 dólares, a Anthony Johnson 5 partidos y 122.222 dólares, a Reggie Miller (que no jugó por lesión) 1 partido y 61.111 dólares, a Chauncey Billups 1 partido y 60.611 dólares, a Derrick Coleman (que protegió a su hijo, que ejercía de recogepelotas) 1 partido y 50.000 dólares y por último a Elden Campbell 1 partido y 48.888 dólares. Un total de 146 encuentros y 11 millones de dólares en sanciones. O lo que es lo mismo, la mayor en la historia del deporte en Norteamérica. A la que además hubo que unir el hecho de que Artest, Jackson, O’Neal, Johnson y David Harrison (que no había recibido sanción por parte de la NBA) fueron castigados por la justicia de Estados Unidos con una multa de 250 dólares, varias horas de servicio a la comunidad dependiendo de cada caso particular y cargos de desorden público y agresión, así como la obligación de presentarse a un grupo de terapia durante un tiempo estimado entre 6 meses y un año.
La NBA había actuado y los culpables del mayor acto de vandalismo en la historia de la competición habían pagado. Los jugadores por un lado y los fans por otro. Cuatro aficionados, quien lanzó el refresco a Artest y los otros tres que se enfrentaron con los jugadores en el parquet, recibieron como castigo la prohibición de por vida de entrar a los partidos de los Pistons como locales. Ya no había vuelta atrás, pero al menos sirvió para que la NBA limitase la venta de bebidas alcohólicas durante los tres primeros cuartos y se prohibiese el consumo de este tipo de productos a personas claramente ebrias, a las que se expulsaría del recinto deportivo. Algo demasiado serio como para que John Green, el desencadenante de todo este tinglado, todavía tuviera la poca vergüenza de, durante una entrevista, responder a la pregunta de por qué lanzó el vaso con un socarrón “no tenía la intención de dar a nadie, pero se me olvidaron las leyes de la física que dicen que todo lo que sube baja”.
Un valiente que miró a los ojos a Michael Jordan. Un cuerpo preparado para arrasar con todo lo que se le pusiera por delante. Un integrante del mejor equipo de todos los tiempos. Unos hombros que sostuvieron a dos ciudades. Philadelphia y Phoenix le adoraron. Y el mundo entero porque Charles Barkley es una figura mediática que sobrepasa las canchas. Culpable junto con Magic, Bird, Jordan, Thomas y compañía de que la NBA sea lo que es hoy día. Uno de los perfiles griegos más ‘incómodos’ de aquel selecto grupo de dioses que elevó al máximo este juego.
Los Sixers intuían el final de la carrera de Julius Erving. Philadelphia iba a perder a su ídolo por el insoportable paso del tiempo. Ni saltaba ni anotaba como antes porque tenía demasiadas horas de vuelo. Moses Malone también veía cerca su ocaso baloncestístico y acogió a un joven Barkley bajo sus enseñanzas. Con una carrera universitaria de doce meses, aterriza en la mejor liga de baloncesto del mundo en 1984 tras ser elegido en el número cinco del Draft (dos puestos por debajo de Jordan), sabiendo que él representa el futuro de una franquicia. Mucha presión para cualquier joven menos para alguien con tanta personalidad y desparpajo. Aceptando de buen grado todos los consejos de sus compañeros veteranos (sobre todo, de Malone), Barkley arrasaba en la pista y fuera de ellas. Una personalidad magnética y querida iba creciendo en los Sixers.
No salió de allí hasta 1992. Durante sus casi diez años como la estrella de una de las ciudades más importantes de Estados Unidos logró ser All Star, máximo reboteador de la liga, estar en el mejor quinteto de la liga y convertirse en un referente mundial. Pero el anillo nunca llegaba y este hecho terminó por ser un detonante pausado de su caducidad en los Sixers. Su actitud fue empeorando pese a ser siempre uno de los mejores del equipo. Sus problemas con la báscula iban y venían. Ser el mejor reboteador de la NBA pese a su altura… o el mejor alero nunca saciaron su apetito. Por eso, se marchó hasta Arizona para ser el jefe (de nuevo) de un equipo: los Suns.
Su primera temporada jugando en Phoenix fue la mejor de su carrera. Michael Jordan dominaba la NBA pero le iba a salir un rival casi inesperado, más delgado y que le conocía como a un hermano: Barkley. Uno de sus mejores amigos en la liga. Los Bulls sufrieron mucho para ganar. Barkley era el MVP aquella temporada 92/93 y los Suns estuvieron a punto de alcanzar la gloria absoluta. Tuvieron la mala suerte de cruzarse con el mejor jugador de la historia… Jordan derrotaba a otro rival legendario. Barkley lo intentaría más veces pero nunca llegaría a estar tan próximo al anillo como aquel junio de 1993.
Cuando la dieta ya era sólo una molestia y no una herramienta para triunfar, Barkley también se dejó llevar por el ansía que empuja a muchos jugadores a escoger mal y querer el anillo de cualquier manera. Si eres tan bueno, deseas el premio gordo y Barkley lo buscó con más empeño en los Rockets pero no tuvo suerte. Su estrella se apagaba a la misma velocidad que cogía kilos y estropeaba su swing en el golf. Barkley cerraría su carrera en la NBA en el mismo lugar donde la comenzó: Philadelphia. En diciembre de 1999 se rompía el tendón del cuádriceps izquierdo. Pero su majestad quiso volver antes del final de la temporada regular para despedirse jugando y no en una camilla. Sería en abril de 2000. Barkley se iba de la mejor liga de baloncesto del mundo habiendo sido uno de los mejores aleros de la historia. La leyenda de Barkley se agranda al saber que tiene dos medallas de oro olímpicas (1992 y 1996), ser uno de los mejores del auténtico Dream Team, Hall of famer desde el 2006, elegido como uno de los cincuenta mejores jugadores de la historia y uno de los chicos “malos” más buenos de la NBA. Leyenda absoluta.
En 1982 Nike iba a revolucionar, de nuevo, el deporte. Algunos años antes había lanzado una zapatilla para correr con una cámara de aire incorporada en la mediasuela y ahora llegaba el turno del baloncesto. El visionario había sido Frank Rudy, que después de ofrecer su invento a varias marcas, consiguió convencer a Phil Knight, el fundador de Nike. Aunque se hable de “cámaras de aire”, lo que Rudy ideó fue un compuesto gaseoso con una estructura mayor a la habitual, que no permitía que pasara a través de la bolsa.
En las zapatillas de correr ya había mostrado su utilidad, pero sorprendentemente, a nadie le parecía que en el baloncesto la amortiguación fuera importante. Hasta que llegó la Air Force One. Bruce Kilgore, uno de los diseñadores clásicos de Nike, culpable también de la Air Jordan II, se encargó de que la Air Force One fuera tan estable como amortiguada. Y de hecho, se basó en las botas de montaña.
Las primeras pruebas de los jugadores de elite la presentaban como una zapatilla ligera. Recuerda, estamos en 1982. El aire pesa menos que la espuma que se utiliza para las suelas, cuanto más aire coloques en una zapatilla, menos suela y menos peso. Seis jugadores se encargaron de promocionarlas en la NBA, Michael Cooper, Calvin Natt, Bobby Jones, Mychal Thompson, Jamaal Wilkes y Moses Malone. La Air Force One fue un éxito en las canchas, pero en un par de años las ventas comenzaban a disminuir en favor de nuevos modelos. Comenzaba la leyenda.
En Baltimore seguían pidiendo Air Force One, aún cuando Nike ya pensaba en otras cosas. Así que un día, tres tiendas de la localidad, Cinderella Shoes, Downtown y Rudo Sports, preguntaron a Nike ¿cuántos pares de Air ForceOnes tendríamos que pedir para que las resucitaran? La respuesta fue la que esperaban de Nike “si estáis lo suficientemente locos para preguntarlo, nosotros estamos suficientemente locos para hacerlas“. Y la cifra era 1200 pares de cada color. Se vendieron en el mismo mes. A partir de ahí, un nuevo color cada mes. En Nueva York corrió el rumor de que en Baltimore seguían teniendo aquellas zapatillas antiguas, en nuevos colores y comenzó la peregrinación.
Esas Air Force One no eran exactamente iguales, se cambió la malla del panel lateral, la ojetera era diferente y la puntera estaba perforada. Había pasado de las pistas a las calles y se había convertido en la zapatilla que representaba Nueva York. Bobbito Garcia, el dj y streetballer, contó que en pleno viaje, en la otra punta del mundo, alguien que vio sus Air Force One le paró para preguntarle si era neoyorquino.
Puede que sea la zapatilla con más versiones y la más coleccionada. A las habituales High y Low, se unió en los noventa la Mid, quizás la más popular en estos momentos. Rasheed Wallace siguió jugando con nuevas versiones hasta su retirada en 2010. Se habla de casi 2000 colores, con ediciones especiales para Ronaldinho, Stash, Playstation, Jay Z, Mr Cartoon, LeBron James, Kobe Bryant, Lance Armstrong, Futura, y la más sencilla de ellas, blanco sobre blanco, que sigue siendo la zapatilla más vendida cada mes en Estados Unidos, 30 años después de su lanzamiento.
Si un artista dibujase el cuerpo perfecto, escogería como modelo el de David Robinson. Uno de esos jugadores que surgió a finales de la década de los ochenta como una evolución física y técnica. Hasta 1989, se había visto pocos conjuntos de músculos tan bien formados en una cancha de la NBA. Por supuesto que ya existían pero ninguno con una valía tan grande y una historia tan interesante.
David Robinson vivió su época universitaria en la Marina. Retrasó su carrera en la NBA por el ejército. Una decisión controvertida pero llena de compromiso. Pudo empezar su vida profesional en 1987 pero no debutó con los Spurs hasta 1989 (su servicio militar debía durar cinco años pero se le redujo ese período). Antes de llegar a la mejor liga de baloncesto del mundo, Robinson brilló en la NCAA gracias a su facilidad anotadora y su fuerza en la defensa. Fue legido como uno de los mejores de aquella época. Una estrella en ciernes. Campeón del mundo en 1986 y medalla de bronce en Seúl 88´. El último equipo no profesional que Estados Unidos presentó en unos Juegos.
“The Admiral” aterrizaba en San Antonio, franquicia que había peleado por él para construir un equipo campeón y dominador en la pintura. Su velocidad, su fuerza y sus puntos harían felices a todos los fans tejanos durante catorce temporadas. Su camino hasta alcanzar la gloria absoluta fue duro, como el de cualquier campeón entre los mejores. Temporadas de aprendizaje, de evolución y explosión, de confianza y de triunfo. Su primer año como NBA fue maravilloso porque se llevó el premio de Rookie del año y asombró a todos por su manejo del juego y su superioridad física. Los Spurs alcanzaron los Playoffs y se convertirían en un clásico de la postemporada pero sin rozar el anillo. Siempre cerca, nunca poseerlo. Míticas son sus peleas con Shaquille O´Neal por ser el máximo anotador. Cada uno de sus duelos fue maravilloso. Si pueden, háganse con una copia. Merece la pena. Un espectáculo titánico.
Cuando el “lockout” nos empujó a una temporada regular de cincuenta partidos, los Spurs estaban en su momento idóneo. Robinson había sido elegido entre los cincuenta mejores jugadores de ls historia de la NBA, el oro en Barcelona 92, limpiaba su expediente olímpico tras el fiasco cuatro años y David Robinson contaba con la ayuda de un jovencísimo Tim Duncan… Primer anillo frente a los Knicks. David Robinson en un estado físico y mental perfecto, un líder real para un equipo campeón y legendario.
Se retiró en 2003 con otro anillo y firmando una hoja de servicio final maravillosa: MVP 1995, Mejor Rookie en 1990, Mejor defensor en 1992, medalla de oro en Barcelona 92´y Atlanta 96´, bronce en Seúl 88´y, por supuesto, Hall of Famer. Casi nada para alguien que llegó a la NBA dos dos años después de lo que debía, para alguien que era soldado, para alguien que soñaba con servir a su país y al deporte… alcanzó sus metas con creces. David Robinson, uno de los mejores “center” de la historia.
El baloncesto de la década de los ochenta tiene a Larry Bird y a Magic Johnson como los dos estandartes de aquel esplendor que maravilló al mundo y le hizo caer en los brazos de la mejor liga de baloncesto del mundo. Tanto brillo desprendían estas dos figuras que el resto de sus contemporáneos parecen estar en la oscuridad. Sin embargo, gente como Clyde Drexler, Patt Ewing o Dominique Wilkins atesoraban una calidad cercana a la de Bird y Johnson. Ese “casi” les quitaba portadas de revistas pero no cariño en sus corazones. Eran unos secundarios en estrellato pero con alma de actores principales.
Dominique Wilkins era, de largo, el más explosivo de todos ellos. Un físico adelantado a su época. Con la altura suficiente para jugar por fuera con rapidez y lugar con los más grandes en la pintura. Buscaba el aro como un rayo. Sus condiciones físicas eran excepcionales. Hubiera dominado la liga de no haber acompañado durante una década a los Bird y Magic y al joven Michael Jordan.
Si repasan algunos vídeos de Wilkins pueden comprobar que realizaba movimientos que resultan muy familiares para las jóvenes generaciones. Saltos y giros del siglo XXI pero en los ochenta. Muchas de las estrellas de los últimos años noventa imitaban movimientos suyos. Se habían criado con él. Un modelo para estrellas. Un estilo. Así de sencillo. Un adelantado con una confianza de acero. Nunca negó un combate baloncestístico. El rival no le intimidaba. En una entrevista llegó a afirmar, en tono de broma eso sí, que se sentía como una estrella de cine desde los catorce años.
Nunca ganó un anillo. Siempre se cruzaban equipos que doblegaban su juego. No tuvo una plantilla lo suficientemente eficaz para pelear con Boston Celtics y Detroit Pistons en el Este. Estaba ahí pero nada más. Le faltó eso. Otra vez, el destino y la coincidencia en el espacio-tiempo le arrebataba la gloria. La persiguió con ahínco durante varias temporadas pero su voluntad se quebró a la misma velocidad que iba perdiendo facultades físicas. Su compresión del juego fue creciendo pero nunca fue suficiente, siempre se cruzaba alguien en su camino. De haber estado en la liga ocho años antes…
Tras su declive en la NBA probó suerte en Europa donde todavía tenía suficiente cuerpo para dominar. En Grecia ganó mucho dinero y muchos partidos. Una estrella que se iba a apagando. Una hoja de servicio brillante: ganador de concurso de mates, All-Star varias veces, uno de los cincuenta mejores jugadores de la historia de la NBA… un embajador de la liga y un apóstol de lo que significaba la mejor competición de baloncesto del mundo. Nuestros ojos aún se quedan como platos al ver sus duelos con Jordan, sus rectificados, y su fuerza. Simplemente imaginen lo que significó el poderío de Blake Griffin hace dos temporadas. ¿Bien? Pues ahora retrocedan 25 años en el tiempo. Ahí lo tienen… Dominique Wilkins.
Mirada a la izquierda y el cuerpo le acompaña. El balón va hacia el otro lado. Siempre con una sonrisa. Te ganó pero siempre con una sonrisa. El baloncesto actual le debe mucho. La NBA le debe mucho. Junto con Larry Bird, construyeron lo que significa el juego y el estilo de la mejor liga de baloncesto del mundo. Si hay alguien que se merece un “Soy Leyenda” es él: Magic Johnson. Un cuerpo privilegiado. Un adelantado genéticamente. Un visionario. Un talento desproporcionado y nunca antes visto. En su conjunto, Magic Johnson fue un pionero porque un tipo de más de dos metros no podía jugar de base, no podía correr como él hacía, no tenía el dominio sobre el balón que tenía, ni tampoco la mentalidad. Un jugador del futuro. Reventó el mundo del baloncesto. Fue el primer superjugador global que decidió sacudir el plantea a través de una canasta o un pase.
Siendo rookie, ganó un anillo. Pero no siendo un jugador de relleno o algo por el estilo. No. Magic Johnson aún no era mágico pero sí que era alguien impactante. Con su estatura y envergadura, tuvo que jugar de pívot. Él podía con todo. Su primer año entre los mejores fue All Star y uno de los mejores rookies del año. Fue MVP de aquellas Finales. Metió 42 puntos en el definitivo sexto partido, ganó un anillo y ya dejó de ser Earvin Johnson para ser Magic.
Su carrera tiene todos los galardones posibles. Con mucha suerte se puede alcanzar una temporada… pero ser uno de los más grandes durante más de una década está al alcance de uno de los cincuenta mejores jugadores de la NBA. Te puedes marear si lees rápidamente todos los hitos y hazañas que protagonizó. Mejor que eso, es disfrutar de las fotos y los vídeos que tenemos en este artículo. Saboreen. Quédense con el placer que les nazca al volver a ver todo. Magic.
La NBA tiene millones de espectadores en todo el mundo. Ya sea en Madrid, México D.F. o Tokio. Puedes ver camisetas de cualquier equipo de la mejor liga de baloncesto. Globalización. Pero para conquistar el planeta, necesitas enamorarlo. Magic Johnson fue el trovador que nos sedujo con sus jugadas, con sus actuaciones y con su rivalidad. Bird y él triunfaron al mismo tiempo en la universidad y en la NBA. Su rivalidad, sus equipos (Lakers y Celtics) y su estilo sirvieron para que cayéramos en brazos de esta competición. Si aman este deporte pero no les ha visto jugar, que sepa que todo lo que ve usted ahora, a los Kobe, Lebron, Durant, etc… todo viene gracias a ellos, a Magic, a Bird y, posteriormente, a Michael Jordan.
El día en el que Magic anunció su retirada por contraer el SIDA fue uno de los más tristes para todos. El hombre que había transformado el juego y que había inventado el “Showtime” se marchaba antes de tiempo. Pero antes de decir adiós definitivamente, nos dejaría dos momentos inolvidables. Su MVP en el All Star de 1992, estando ya retirado pero elegido por aclamación popular. Se presentó en Florida para jugar este partido. Triunfó. Luego, llegó el verano y aún con el sabor agradable de aquel fin de semana de las estrellas, Magic se unió a Jordan, Barkley, Bird, etc en el mejor equipo de todos los tiempos: el Dream team. Perlas antes de decir adiós. Ser protagonista de dos de los momentos más fabulosos de todos los tiempos no es casualidad… es Magic.
Hay una cualidad, difícil de poseer, no se entrena ni nadie de la poder enseñar. Necesitas a otra persona para ejecutarla perfectamente. Una mirada se encuentra con otra. No hay palabras. No hay gestos. Sólo esa mirada. Entendimiento absoluto. Los ojos. Karl Malone y John Stockton. El mejor “bijugador” de todos los tiempos. Dos dioses del baloncesto fusionados. Un deleite. Un privilegio verles jugar juntos. Batman y Robin, el Gordo y el Flaco, Fred y Ginger,Yoko y John, Astérix y Obélix, etc. ninguna como Karl y John.
Si Michael Jordan tuvo que ofrecer su mejor juego, destreza y concentración fue por Malone y Stockton. Le obligaron a dar el máximo, a jugar con 42 de fiebre y vómitos, a firmar una de las canastas más maravillosas de las últimas cuatro décadas, a ser más grande que nadie… Fue todo porque Malone y Stockton estaban ahí como rivales. Nunca salieron triunfadores en esas batallas pero sí pasaron a la historia como dos grandísimos jugadores, de los mejores de todos los tiempos. Un honor al alcance de muy pocos.
Stockton ha sido uno de los bases más inteligentes. Una rapidez mental para analizar la situación, un ordenador vestido de jugador de baloncesto. Afinado y sin errores, sabedor de lo que exige cada posesión, lector de juego brillante y ladrón de guante blanco. Es que más asistencias ha dado en la historia. ¿Hace falta decir más? Hall of Famer, All Star diez veces, campeón olímpico, etc. La hoja de servicio es de oro, celestial, mareante, exigente y maravillosamente casi inalcanzable. John Sctockton.
Muchas de las asistencias que registra Stockton son gracias a Karl Malone. Ese hercúleo físico, potente y explosivo al principio de su carrera y constante y regulado al final. Malone es el ejemplo de la evolución hacia la brillantez. De la confianza física a la construcción de recursos prácticos para contrarrestar el paso del tiempo. Karl Malone entendió perfectamente lo que necesitaba para pasar a la historia. Comprendió que físicos espectaculares ha habido muchos pero de esos cuerpos privilegiados, pocos se inmortalizaron por el músculo. Tuvieron que entender y dominar el juego. Malone lo hizo y se convirtió en un tipo que manejaba el tiro de media distancia a su antojo. Movimientos eficaces y casi imparables. Karl Malone creció gracias a Stockton y viceversa. Se entendían con una mirada: “Miro, sí, hacia dentro… toma el balón, canasta.”
Nunca pudieron ganar un anillo. Tuvieron la desgracia de cruzarse con Michael Jordan. Espolearon su ambición y talento. Malone y Stockton no pudieron con él pero le tuvieron contra las cuerdas. Lograr eso tiene un mérito enorme. Sus carreras fueron gloriosas cuando las vivieron juntos. El no conseguir el anillo les devoró pero el juego que mostraron al mundo es inolvidable. Gracias a ellos intentamos entendernos con una mirada cuando jugamos, ser como ellos, encontrar un compañero que pueda completarte, aprovecharse de tus virtudes y tú de las suyas. Un binomio glorioso e irrepetible. Dos individuos que formaron un súper jugador. Malone y Stockton, dos grandes. Respeto. Gloria. Intuición. Calidad.
Un pionero africano. Un hombre unido al gesto de “no en mi casa” con el dedo índice y con una voz tan profunda como los valores que promulgó en sus años en la liga. Una carrera deportiva maravillosa y meritoria con gestos y acciones humanitarias aún más gloriosas. Un defensor intenso. Un trotamundos. Un africano en la NBA. Uno más. Un colonizador como Bol. Hacer del tapón un arte y una forma de vida. Dikembe. Defensa.
Dieciocho temporadas en la NBA no las juega cualquiera. Tampoco ocho All Stars ni entrar en los mejores equipos defensivos año tras año o ser el más destacado en esa faceta cuatro veces. Dignificó la defensa. En cada década ha habido dos o tres jugadores que han elevado y transformado el hecho de impedir la canasta del rival. Mutombo es uno de esos hombres llamado a cambiar el juego. Cierto es que el defensor no luce igual que el que anota pero gente como Mutombo consiguen que nos fijemos en ellos, en disfrutar de un robo o un tapón…
Pero este altísimo africano no hubiera llegado hasta la cima sin tener unos valores muy sólidos y una ética de trabajo intachable. Dikembe tenía buenos mimbres pero su paso por Georgetown los recubrió de cemento. John Thompson fue el entrenador de los Hoyas que aceptó el reto de incluir en su plantilla a un joven que apenas hablaba inglés y que venía desde muy lejos para jugar a un deporte para el que estaba predestinado desde que nació. Con los Hoyas creció en todos los aspectos. Su juego se fue desarrollando junto a un pívot con el que se enfrentaría en la NBA: Alonzo Mourning. Hombres grandes para dominar por dentro, intimidar y triunfar. Su periplo universitario finalizó al comienzo de la década de los noventa… aterrizaría en los Nuggets.
Si Mutombo no pasa desapercibido cuando dice “Buenos días” o levanta el brazo para pedir un taxi, imagínense en la NBA. Un tipo tan alto y tan largo(porque se pueden ser las dos cosas) iba a comerse el mundo desde la defensa. Sus primeras temporadas en Denver fueron buenas pero sería con los Hawks cuando Mutombo realmente movió el dedito para frenar a todos los rivales. Su impacto en Colorado y en Georgia fue espectacular. Si con los Nuggets dejaba detalles impresionantes (doce tapones frente a los Clippers en su segundo curso con los mejores), con los Hawks dejaba joyas. Sí, joyas porque Mutombo ayudó a volver a dignificar el trabajo defensivo. Fue uno de los culpables de que hoy disfrutemos de gente que nos deja con la boca abierta con un tapón o forzar un error de su emparejamiento.
Mutombo ya ganó el premio de defensor del año en Denver, también con Atlanta y fue All Star. Con los Hawks, estuvo presente cuatro temporadas consecutivas en el All Star. En la ciudad de la Coca Cola se vio al mejor Mutombo de todos. Una obra de arte en forma de defensa.
Tras esos años gloriosos, el físico empezó a fallarle al gigante africano. La voz seguía potente pero no movía tanto el dedo índice como antes. Pero antes de que su estrella se apagara en los Nets, Knicks y Rockets, fue capaz de vivir unas finales de la NBA con los Sixers de Larry Brown y Allen Iverson. El anillo estuvo más cerca que nunca para Mutombo. No lo alcanzaría porque Shaq y Kobe no estaban por la labor. Mutombo perdió esa oportunidad de llegar a lo más alto entre los más altos. Pese a eso, su labor en la NBA había ayudado a crear una defensa que atrapara a todos los fans del mundo.
Pero si hizo grandes cosas en las canchas, fuera de ellas hizo aún cosas más grandes. Un fenómeno en todos los ámbitos de la vida. En su profesión, triunfó y como ser humano, también. Su labor humanitaria ayudando a sus compatriotas ha sido felicitada por todos. Su fundación ha construido hospitales, escuelas y canchas de baloncesto. Viviendas para los que no la tienen. Dando todo para los que no tienen nada. No sé si se admira más al Mutombo jugador o al Mutombo icono humanitario. Los dos cambiaron el juego y lo volvieron más maravilloso. El baloncesto y la vida.
Jugar en la calle al baloncesto es algo obligatorio. Al no tener una figura rectora que te proporcione la información para saber decidir de manera correcta, el talento se impone. La calle para que esa virtud innata salga a la luz y te ayude a elegir bien. Debería ser un paso obligatorio ya que despierta la calidad, la pule y desarrolla esa inteligencia pícara que poseen todas las personas que han vivido la calle. La universidad de la vida. Gary Payton vivió la transición de la calle a la universidad, y de ahí, a la NBA.
La chulería hecha jugador. Por cómo botaba, cómo corría, cómo tiraba, cómo ladeaba la cabeza mientras comía chicle… un poso que te dan la calle y la certeza de saberse bueno. Pero esta manera de ser en la pista no implicaba vaguería. Todos lo contrario. Para fardar hay que trabajar. Payton llevó este lema hasta el final. El descaro de la calle llevado a los pabellones de la NBA. Un jugador que enganchaba. De esos hay pocos. Un servidor se despertaba por las noches para ver a Payton. A ver qué hacía. Cómo robaba un balón y dejaba una bandeja mirando al tendido. Una chulería que enganchaba. Una manera exagerada de comer chicle durante el juego. Payton aunó esa inteligencia callejera, calidad, talento y ganas de triunfar.
Siendo el mejor jugador universitario tras su paso por Oregon State, fue elegido en 1990 en la segunda posición del draft por los Sonics. Allí pasaría el grueso de su carrera. No ganaría el anillo, pero su fama como jugador creció hasta límites insospechados. El descaro que mostraba cuando tenía la pelota y dirigía el ataque, se duplicaba a la hora de defender. “The Glove”. Un ladrón brillante. Como Brad Pitt en Ocean´s Eleven. Daba gusto verle hacer su trabajo atrás. No importaba el rival. Payton sonreía y robaba. Fue elegido mejor defensor en la temporada 95/96. El descaro de la calle al servicio de la defensa y de la victoria en la NBA. Su trayectoria en los Sonics fue brillante, pero no hubo anillo. La coincidencia en el espacio tiempo con los Bulls más dominadores de Jordan provocó que Payton y Kemp no llegarán a la gloria. George Karl había conseguido sacarle el mayor jugo a un tipo como Gary Payton. Le transformó. Un pillo reformado para triunfar.
Tras el golpe que supuso no ser campeón, Payton entró en una fase de desesperación y hambruna de títulos excesiva. Pasó a ser un problema para su equipo de toda la vida. Necesitaba cambiar. Y lo hizo, dando tumbos por varias franquicias. Incluso jugó para los Lakers formando “Los cuatro fantásticos” con Shaq, Malone y Kobe. Un experimento demasiado forzado como para ser campeón. Un nuevo traspiés. El oro del triunfo cegó parte de sus decisiones pero esa gula se sació, en parte, con dos medallas de oro en Atlanta 96 y Sidney 2000. Ese pecado capital dirigió su vida deportiva durante varias temporadas. Necesitaba el anillo. La confirmación de que su estilo, su actitud y su juego también podrían valer para ser parte de la historia. Cuando su camino en la NBA se acababa formó parte, junto con Shaq, de esos Heat campeones en 2006. Diez años después de su primera oportunidad.
La calle, la universidad de la vida, el descaro, la valentía, el ser el más listo y vivo de todos tuvo su recompensa. Payton no paró hasta ser un triunfador completo. Un ganador real. Una leyenda de la NBA en forma de guante. Un jugador que enganchaba, que ayudó a que los jóvenes volvieran a jugar con más de talento y menos de escuela. Si el cuerpo te pide algo, dáselo. Puede que , si eres lo suficientemente bueno, tengas razón. Payton la tenía.