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Cambalache

Pancarta del traspaso de Pau Gasol a Lakers./ Getty Images

Dicen sentirse como cromos, mercancía de una competición que es cada vez más negocio y menos deporte. Dicen que el mercadeo se lleva por delante lealtades y contratos como quien arranca flores del tallo. Dicen otros, profanos, a rebufo de esa máxima depauperada a fuerza de manoseo de que los jugadores juegan donde quieren, que las estrellas NBA hacen y deshacen en su futuro deportivo; que cómo va a decidir nadie por un señor que ingresa 20 millones de euros al año. Pues sucede, sí, pero lejos de ser un paraíso salvaje de libre mercado (sic), en la NBA dispone David Stern. Y a veces Stern se disfraza de Keynes. Se cala los guantes de interventor, estira los dedos con fruición, justiciero, y veta sin convicción un traspaso por el bien de la competición. Parábola socialista en la cuna del capitalismo.

Que Gasol diga que en la NBA cada vez importa más el negocio es o muy cínico o muy ingenuo. Como Pau no tiene un pelo de tonto y es buen tipo, interpretaremos simplemente que tiró de manual y se fue por la calle de en medio, haciendo una reflexión en clave europea en un lugar, Estados Unidos, donde los pabellones ya tenían nombres de anunciantes cuando en España el patrocinio deportivo era ciencia ficción. En medio del marasmo de traspasos y rumores Gasol ha pasado de tener billete cerrado para Houston a verse, apenas un par de días después, sonriendo y chocando manos en el Media Day de los Lakers; como si Julio César, librado, cenara con Bruto, Casio y los pretorianos.

Kobe Bryant y Chris Paul./ Getty ImagesKobe Bryant no ha tardado en escenificar su insoportable tristeza por la marcha de Odom a Dallas y su inmensa felicidad por el abortado lanzamiento de Gasol en cohete (rocket) hacia Tejas. Pero la verdad es que al escolta de Filadelfia, obsesionado con los seis anillos de Jordan, los ojos le hacían chiribitas con la perspectiva de jugar al lado de Chris Paul y Dwight Howard, cayera quien tuviera que caer, Pau y Bynum incluidos. Sin Phil Jackson y su ascendente en la franquicia, Kupchak y Buss (hijo) han querido dar un efectista golpe de timón después de la paupérrima imagen de los Playoffs del año pasado. Un Big Three es casi siempre carne de despacho y casi nunca fruto de banquillo, por lo que deducimos que de momento Mike Brown pinta más bien poco.

A Rudy, por su parte, no le han mareado pero sí le han mudado de casa. Al calor de George Karl, con pasado madrileño, Rudy espera un rol relevante al menos como sexto hombre en sustitución de JR Smith. De promesas no se come y menos en la NBA, pero al margen de saber si Karl dará o no gato por liebre, Rudy recala en unos Nuggets con ciertas aspiraciones, sí, pero de rebote y como moneda ya no de cambio, sino de mero ahueque, como suelta de lastre y equipaje de unos Mavs con colesterol salarial. Es curioso el tránsito transoceánico que media entre ser un príncipe y ser un mendigo. De gustar y gustarse en el Madrid como escolta reputadísimo en Europa a pordiosear a McMillan y compañía en América, marginado al corte, la esquina y el triple, la carrera, la línea de pase y poco más. Euro y dólar, en este caso, parecen haber invertido papeles. Sólo les queda encomendarse a la Fortuna para que las turbias mareas de la liga les dejen a orillas de buenos equipos, o de sitios donde se les quiera. Pero todo esto viene en el contrato y quejarse es vano y sospechoso. Está todo en el tango, en boca de Gardel: “Siglo XX, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil”.

Greg Oden y Rudy Fernandez./ Getty Images

@CarlosZumer

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Fecha | 15.12.2011 19:44

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