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Cuando aquello era el All Star

Kareem Abdul-Jabbar y Patrick Ewing, en el All Star de 1989./ Getty

Ralph Sampson hacía galopar sus 2.24m a toda cancha y despegaba como el Concorde, casi desde la línea del triple, para coger al vuelo los caramelos que le tiraba Magic Johnson. Y no se los comía, los empotraba en el cesto y luego los iba contando. Era el All Star de 1985, el primero que yo veía, y la torre gemela de Houston se llevaba el MVP.

En 1986, los del Este remontaron en tres minutos una desventaja de siete puntos para terminando ganando por otros siete, gracias a un guión maestro de K.C Jones impecablemente interpretado por Isiah Thomas, el más valioso de aquel año.

En 1987, el Oeste de Pat Riley se tomó la revancha en la prórroga, ese día se vio a todo un Kareem Abdul-Jabar arrastrarse por los suelos para agarrar un pedazo del balón que Charles Barkley le discutía a mordiscos.

Aquello era el All Star. Un PARTIDO entre los mejores, repartidos en dos bandas dispuestas a lo que fuera por llevase el honor a su costa. Un show, en efecto, pero concebido desde el espectáculo de la competencia. Tom Chambers no era el más cotizado ni el más fotogénico de su promoción, pero su casta y arrojo en los minutos decisivos le valió para llevarse el MVP nada menos que delante de los suyos, aquello fue la locura en Seattle.

Era la cita anual en la que tenías la oportunidad única de ver a Robert Parish hacer una pantalla para que se colara Julius Erving; a James Worthy recibiendo en carrera de Artis Gilmore; a Kevin McHale conjurarse con Moses Malone para defender con sangre la próxima jugada.

Aún no sabíamos entonces que tendríamos la oportunidad histórica de asistir a la quintaesencia de aquellas conjunciones astrales. Fue naturalmente el Dream Team, el único que ha existido y que tal merece ser llamado. No se olvide que la primera canasta oficial de esa selección de Estratosféricos Unidos, en su primer partido del preolímpico, fue un triple de Larry Bird tras asistencia malabar de Magic Johnson. No pudo el destino escribirlo mejor.

En el All Star de este fin de semana, como en los de estos últimos años, tendremos un buen inventario de jugadores excelentes. Algunos ciertamente a la altura de aquellos, o casi. Y lo vamos a pasar muy bien, asistiremos a jugadas de quitar el hipo. Pero difícilmente vamos a ver un partido. Vamos a ver muchos, el que cada uno juega consigo mismo y con las cámaras. De hecho, y eso que ya lo han cambiado, cuando se instauró que cada uno saliera con la camiseta de su equipo, de alguna manera fue todo un mensaje.

Me gustaría preguntarle un día a Pau Gasol, cuando se retire o cuando deje las Américas, qué experiencia le quedó de sus actuaciones en el All Star. Me refiero al “partido” en sí, no por supuesto a lo que supone haber sido elegido y al honor de compartir parqué y focos con todas esas estrellas en un evento de esa dimensión mediática.

Y qué decir del concurso de mates. Aquellos duelos al Sol, que naturalmente era una circunferencia hueca y tenía red, entre Jordan y Wilkins, en los que una vez se coló con su 1.70 el increíble Spud Webb. Leía por entonces, en la Enciclopedia Víctor Salaner, que por mucho y tan maravillosamente que Air volara, un verdadero mate consistía en agujerear el suelo, como impecablemente hacía Dominique. Llevo años sin ver concursos así.

En serio, yo al Ego Star le daba una vuelta. Para que vuelva a ser All Star.

Enrique de Pablo
http://byenrique.wordpress.com

@EnriquedePablo

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Fecha | 24.02.2012 15:57

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