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El vértigo de las listas

Clyde Drexler./Getty

Cuando eres chaval sólo te preocupan las cosas que están arriba, en el primer lugar de las listas, ese intento tan humano de clasificar las cosas para poder explicarlas y que no nos asusten, como dice Umberto Eco. Cuando tenemos el caos ordenado en una lista, es un poco menos caos. Por eso, cuando eres chaval te fijas en Michael Jordan, que era el que más puntos metía. Te fijas en John Stockton, que era el que más asistencias repartía. En los Lakers de Magic y Jabbar, que eran los que más rápido corrían. No solías fijarte en los que quedaban segundos, por una simple cuestión de orden y concierto, como tampoco recuerdas quién era la segunda chica más guapa de tu clase, o el segundo profesor más cabrón del colegio. Tu cerebro aniquila las medallas de plata. Y con los años te das cuenta de lo injusto del tinglado, porque se quedó fuera la chica que no era la más guapa, pero era una de las más divertidas. Encima le gustaba leer, solía ir a los estrenos de las pelis de Woody Allen y sabía quién era Chet Baker. Clyde Drexler era la segunda chica más guapa de clase. Hace unos días escribían por aquí sobre Dominique Wilkins, alguien a quien la sombra de Jordan ayudó a crecer. El caso de Drexler es diferente. El Jordan del Oeste, el que siempre se quedó a las puertas del reconocimiento pese a haber sido diez veces All Star y haber ganado el oro de Barcelona. Y un anillo, si. Ahora iremos con eso.

Drexler era realmente plástico. Rápido en las transiciones, con un tiro más que depurado desde media distancia y un talento para el basket realmente increíble: no deja de ser uno de los únicos tres jugadores que han conseguido más de 20.000 puntos, 6.000 rebotes y 6.000 asistencias en su carrera. Sabía pasar, sabía dirigir, sabía correr y, por encima de todo esto, tenía un carácter realmente ejemplar. Recuerdo un partido de los Blazers contra aquellos Pistons tan divertidos de Rodman, Thomas y compañía. Drexler robó un balón en media cancha. Laimbeer aún no había subido al ataque y se quedó en la bombilla, sabiendo que Drexler iba a intentar terminar con un mate su contrataque. Cuando ‘The Glide’ saltó, el bueno de Bill le dio uno de esos sutiles golpes que le habían convertido en la bandera de los Bad Boys. Drexler, con su 22 a la espalda, se levantó del suelo, ni siquiera miró a Laimbeer y anotó el adicional ante la mirada atónita del árbitro, que fue en el siguiente tiempo muerto y le preguntó si acaso no le había dolido el golpe del pívot de Detroit. “Claro que me ha dolido, pero él no sabe jugar de otra manera. Es como si me enfadara con Bird por anotar triples“.

Drexler jugó el 90% de su carrera en Portland, una ciudad cercana a Canadá, cercana a Seattle, pero sin su fama ni su glamour. Tiene una curiosa vida cultural, eso si. Probad a ver las películas de Gus Van Sant, a escuchar a los Decemberists o a los Shins. Son todos de allí. Drexler llegó de la Universidad de Houston, donde jugó con Olajuwom, y unos años después se había convertido en la referencia de un equipo menor al que había ayudado a dar un salto de calidad importante, llegando a dos finales (en los años 90 y 92). Pero Drexler se había cansado. Tras esa frente alopécica y ese bigotillo se escondía el deseo de ganar un anillo. Y en febrero 95 pidió permiso a su franquicia y se mudó a Houston, donde su amigo Olajuwon le ayudó a conseguir su sueño: ese año ganó el anillo de campeón de la NBA frente a unos jovencísimos Orlando Magic que contaban con un chaval prometedor, Shaquille O’Neal, y un buen base, Afernee Hardaway. Pero esa es otra historia. La historia de quienes quedaron segundos en aquel año…

@ssmenendez

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Fecha | 12.08.2011 11:28

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