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Guerreros de la noche, campeones de todo

Felipe Reyes eleva al cielo el trofeo de campeones de Europa./FIBA Europe

Lo recuerdo, hijo. Recuerdo que nadie se atrevía a mirarnos por encima del hombro, que éramos tratados como dioses del baloncesto. Porque jugábamos como tales, ¡vaya si lo hacíamos! Maldición, era tan precioso y excitante verles jugar, verles bailar a lo largo y ancho del parqué… era poesía. Poesía y baloncesto, hijo. Inmortales“.

Cualquiera pensaría, al ver a esos doce tipos saltar, celebrar y disfrutar tanto del triunfo, que lo tienen todo hecho. Que jamás tuvieron que superar ninguna prueba vital, que nacieron con el talento y se han limitado a explotarlo. Cualquiera, sumido en su particular crisis -hoy en día las venden personalizadas-, no haría más que esbozar media sonrisa de resignación.

Pero entonces, ese cualquiera no recuerda los inicios de Pau Gasol. Sumido en lo profundo de la rotación de la selección junior, apenas veía minutos ante la presencia y el peso de jugadores como Navarro, Germán Gabriel o Felipe Reyes. El niño que quería ser médico para curar a Magic Johnson no tenía la vida asegurada con aquello de la pelotita. Pero en su naturaleza humana no estaba la esencia del rendido, del sometido que se arrastra viviendo de rodillas. Se sobrepuso y logró que la NBA temiera a un europeo blanco. Como también se sobrepuso al mazazo de 2006, cuando acabó las semis contra Argentina llorando por una lesión que le apartaría del quinteto en la final mundialística ante Grecia. Sólo le apartaría del quinteto; seguiría en la pista, con el equipo, con el alma de ganador y líder.

Ese cualquiera tampoco conoce el martirio de José Manuel Calderón con las lesiones. En aquel Europeo junior de Varna de 1998, Calderón, que era el base suplente y peleaba minutos con Cabezas, no pudo jugar la final por una lesión. Idéntica historia en los JJOO de Pekín de 2008, cuando se perdería el mejor partido de la historia de unos juegos. En partido de preparación para el Mundial de 2010, lesión ante Estados Unidos. En el oro europeo de Polonia 2009, baja por una operación a la que se vio obligado someterse tras una lesión en su campaña NBA. 2011, por fin, disputa esa final que el olvido le debía. Se la ganó, y el olvido se olvidó de ella.

Ni que hablar de Serge Ibaka y su vida. Criado en las canchas de cemento y canastas de hierro de Brazzaville, Congo, juega por el recuerdo de su madre, por el orgullo de toda su familia. Juega también por nosotros, por los aficionados españoles, por un país al que tanto siente que debe. Un español más que con cinco tapones en cuatro minutos ante Francia, demostró que puede volar alto y que nos puede llevar con él hasta las nubes.

El cualquiera se olvida también del MVP Juan Carlos Navarro. Un crío barcelonés que empezó a jugar en el patio de su casa con abusones mayores que él, a los que tenía que sortear mandando el balón al aire. Nunca como una plegaria, sino más bien como una daga que siempre apuñalaba la defensa del rival. No se acuerda tampoco aquél de cómo forzó la máquina y postergó una operación realmente necesaria para estar con el equipo en Polonia y ser artífice del oro de Katowice en 2009.

Volvemos al 2006. Fue entonces cuando más de medio país, al menos hablando del país baloncestístico, se echó encima del por entonces seleccionador Pepu Hernández cuando este decidió incluir en la lista definitiva para el Mundial de Japón a Marc Gasol. Tildado de “hermanazo”, pocos entendieron su inclusión. Pero el hermano pequeño de Pau estaba decidido a abandonar esa etiqueta para convertirse en MARC GASOL. Y vaya si lo consiguió. Todos recordaremos, incluso este cualquiera en cuestión, aquella increíble actuación en la finalísima ante Grecia, comiéndose a un Sofoklis Schortsanitis que venía de arrasar a todo pívot viviente que se había encontrado en la zona.

El cualquiera ignora el afán de superación de Felipe Reyes, un bregador que capturó todos sus rebotes en Lituania en memoria de su padre, recientemente fallecido. No conoce a Víctor Claver, profesional en superar lesiones y también la pérdida de su progenitor; a Sergio Llull, que de un día a otro se vio de ser uno de los últimos jugadores en la rotación de los junior de oro de 2004 a jugar para el Real Madrid; a un Fernando San Emeterio que nunca dejó de creer en él y que pasó de casi quedarse sin equipo a liderar al campeón de la ACB; a Víctor Sada, que duerme como un bebé tras dejarse la piel en la pista, juegue uno o treintaiún minutos; a un Ricky Rubio que tras debutar con 14 años y disputar unas finales olímpicas con 17, debe aguantar una presión mediática sin parangón en la historia del baloncesto; y no conoce, en definitiva, a todos los que se quedaron en el camino, a los que ayudaron a formar ese camino, y a los que lo andan sin recibir la luz del foco de la prensa -entrenadores, fisioterapeutas, preparadores,…- Se olvida de que más que un equipo, España es una familia.

Claro que no duró para siempre. Los jugadores no aguantan en forma tanto tiempo. Pero puedo hablarte hoy, años después, de ello, ¿no es así? Lo puedo hacer porque somos historia, porque aquella España entró a base de canastas, de pases, de entrega y de sudor en los libros dorados del baloncesto. Y de ahí nadie la borrará jamás. Los guerreros son inmortales. Ellos, aquella noche, se convirtieron en inmortales“.

@MoralesJAlmeida

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Fecha | 19.09.2011 10:50

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