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Los sueños rotos de Jereme Richmond

Jereme Richmond, con el nº 22 de los Illinois Fighting./ Getty

Era un 21 de noviembre lluvioso, como casi todos allá en el estado de Illinois. Jereme Richmond, un jugador de apenas 14 años de edad, se iba hasta los 34 puntos y 21 rebotes en su primer partido con el equipo de North Shore Country Day High School. Dos días más tarde, en el Día de Acción de Gracias de aquel año 2006, se comprometía con la Universidad de Illinois para jugar con ellos en la NCAA. Firmado a cuatro años de suceder. Como echando el ancla al futuro, acción propia de alguien que desconfía de la vida. Quizás ese fue siempre el problema de Jereme.

Natural de Evanston, Illinois, Jereme Richmond nació con un balón de baloncesto bajo el brazo. Con todo lo que eso conlleva en un estado en el que los niños sueñan a través de la canasta, por más que la realidad sea un muro escondido entre la red. En 2006, su nombre era conocido por la inmensa mayoría de ojeadores de Estados Unidos, fuesen de NCAA o de NBA. Para mayo de 2007, algunos analistas, como Van Coleman, le situaban entre los tres mejores jugadores de instituto del país.

Deslumbró con facilidad en high school gracias a su increíble coordinación. Un alero fortísimo, atlético, de brazos interminables y que jugaba a otra cosa, con una superioridad que nunca le hizo dudar de su futuro. Lideró a sus Waukegan Bulldogs a títulos estatales. Podría haber elegido cualquier universidad. Recibió en dos ocasiones el Sun-Times’ Player of the Year -Derrick Rose sólo una vez-, fue McDonalds All-American, y su nombre estaba en lo más alto del baloncesto nacional a ese nivel. Con el talento le daba. Y si fallaba, volvía a jugársela. Con tantas segundas oportunidades en el baloncesto, nunca aprendió que en la vida, no siempre se tienen.

En 2010 dio el salto, al fin, a la NCAA. Pero su currículum deportivo no lograba eclipsar el extra: en 2007 fue sancionado por tres partidos tras pelearse con un compañero; en febrero de 2008 estuvo a punto de salir de Waukegan por una disputa verbal -que casi llega a más- con el técnico del equipo; en 2009, se queda colgado del aro y recibe su segunda técnica -luego le permitirían jugar las semifinales del torneo-; una batería de hechos oscuros, iluminados con una canasta de media cancha para ganar un partido con 39,5º de fiebre y otras proezas por el estilo.

En NCAA, los problemas siguieron. En su primer año en Illinois, Richmond promedió 7,6 puntos, 5 rebotes y 1,8 asistencias, números nada deleznables para un freshman. A finales de enero, demostró cuál podría ser su futuro al firmar 18 puntos y 10 rebotes ante Ohio State. Sin embargo, y aunque seguía cerca de casa, aquel no era su territorio. No le era tan fácil y nadie le había dicho que aquello fuera a ser difícil.

En marzo se vio envuelto en un incidente con un compañero tras una derrota ante Michigan State en el Big Ten Tournament. Nueve días más tarde era sancionado por el entrenador Weber por violar el código atlético de la universidad. Antes, se había perdido varios entrenamientos por un problema personal con el que tuvo que lidiar en Waukegan.

Con una primera temporada positiva en lo deportivo -teniendo en cuenta que no era ni la segunda opción ofensiva de unos Fighting Illini que habían alcanzado la segunda ronda del NCAA Tournament-, nadie se esperaba que se declarara elegible para el draft. O quizás su círculo más cercano y cerrado sí aguardaba con deseo ese momento. “I’m ready to follow my dreams“, declararía.

Pero sus sueños se romperían al esperar, y esperar, y desesperar en la noche del sorteo universitario. Stern no pronunció su nombre y se quedó en la nada. Y todos sabemos que la nada es peligrosa. No por serlo, sino por el barrio más cercano al que todos caen: el infierno. Puso una nueva carta en su castillo de naipes de la mala conducta, y el castillo se desmoronó.

El pasado 8 de agosto fue arrestado, con una fianza de 100.000 dólares, por uso agravado de arma, posesión ilegal de un arma de fuego, alteración del orden público y asalto y agresión. Golpeó y amenazó con matar a su novia de 17 años. Jereme The Dream Richmond mira aquel ancla oxidada. Víctima de un sistema, el de su entorno y su interior. Pregunta por su futuro, incierto y gris. ¿Hay una segunda oportunidad?

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Fecha | 28.08.2011 17:33

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