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Nowitzki-Dallas: matrimonio perfecto

Dirk Nowitzki levanta el brazo tras una de sus canastas en el sexto partido./GettySon casi las cinco de la mañana. Hace unos minutos, los Dallas Mavericks han vencido a Miami Heat en el sexto partido de las Finales y se han llevado el anillo. Su anillo. Ese que llevaban buscando con ahínco durante la última década y que por una u otra razón siempre se les escapaba.

Ahora mismo, Dirk Nowitzki debe estar llorando en el vestuario. Por fin ha conseguido algo por lo que, en sus propias palabras, llevaba media vida luchando. Acabo de verlo abandonar la pista y encarar el pasillo que le lleva a los vestuarios. Se tapaba la cara, pero esta vez no era para toser, sino para llorar de alegría. Son las suyas las lágrimas de un jugador superlativo, único en su especie. Es difícil encontrar a un aficionado al baloncesto que no se alegre por el éxito de Dirk. Por algo será. Trece años de rendimiento espectacular; ni una palabra más alta que la otra; y un compromiso con su equipo y su selección innegables. Su juego, elegante y tan sobrio como su carácter, enamora a cualquier amante de este deporte. Su triunfo es el triunfo del talento pero también del trabajo.

Pero este triunfo es también el triunfo de Mark Cuban, el excéntrico, fanfarrón y muchas veces incorrecto propietario de la franquicia. Sacó al equipo de una década oscura y lo colocó entre la élite de la liga. Pocas personas habrán sufrido tanto con los sucesivos fracasos de los tejanos en los últimos años, pero ahora, por fin, obtiene su recompensa. La fidelidad mutua con Nowitzki es la base del sueño de los Mavs.

Es el triunfo de Rick Carlisle, que ha sabido comandar a un equipo por el que pocos apostaban al inicio de temporada hasta el título. Mención especial merece la lectura que ha sabido hacer de la final, con una gran flexibilidad para adaptarse a las situaciones del juego y una gran capacidad para sacar rendimiento a jugadores que nadie esperaba ver sobre la cancha.

Es el triunfo también de Jason Terry, eterno escudero del alemán en los Mavs. Pocos jugadores han sabido adaptarse tan bien al rol de sexto hombre y aportar tanto y de manera tan decisiva saliendo desde el banquillo. Sus dos últimos partidos en la final son para enmarcarlos.

Y es el triunfo de Jason Kidd. 38 años y un anillo. Ha tenido que esperar mucho, quizá demasiado, pero al final ha llegado a la meta que cualquier jugador profesional se pone cuando sueña con jugar en la NBA. Su nombre no estará al lado de los de Malone, Stockton, Barkley, Miller y compañía.

En definitiva, es el triunfo de un equipo que ha creído en la victoria mucho más que su rival. La aportación de Cardinal o Mahinmi en el último partido demuestran que hasta el último integrante del organigrama de los Mavericks confiaba en la victoria. Sin excepción. Y por encima de ellos, Dirk.

@DarioOjeda

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Fecha | 13.06.2011 07:04

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