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Nueva Orleans y el baloncesto universitario, la mezcla perfecta

Kansas vs. Kentucky./ Getty Images

Una castigada Nueva Orleans que aún trata de salir a flote siete años después de sufrir los devastadores efectos del huracán Katrina acogerá la Final Four de la NCAA este fin de semana. Pocos lugares en el mundo llevan a gala el espíritu festivo como ‘The Big Easy’, a cuyo encanto se rindieron figuras como Truman Capote o Louis Armstrong.  La combinación de música en vivo -el mejor destino del país con permiso de Austin, Nashville y Nueva York- , gastronomía y baloncesto universitario, harán de la ‘ciudad olvidada’ un caldo de cultivo perfecto para pasarlo en grande durante dos largos días y dos largas noches.

Personalmente, siento cierta debilidad por Nueva Orleans a pesar de conocerla poco. Parte de la culpa la tiene David Simon, creador de ‘Tremé’, esa serie que retrata sin artificios el día a día de la ciudad en la era post-Katrina, y la otra el pasado, porque en diciembre de 1994, Texas A&M, la universidad en la que jugaba, disputó allí el University of New Orleans Tournament. Lo recuerdo bien porque caímos en semifinales ante Princeton y sus endiablados sistemas de ataque tras tres prórrogas, sentenciadas con un triplazo de Sidney Johnson -ex jugador de Girona y de Siena y hoy entrenador de la Universidad de Fairfield-,  pero también porque no dejamos escapar la oportunidad de deambular una noche por Bourbon Street, aventurándonos incluso a desviar nuestra ruta más segura para visitar un pintoresco y nada aconsejable tugurio, víctimas de los dudosos gustos musicales de un miembro de nuestra plantilla.
La Final Four es el clásico espectáculo norteamericano, un evento de proporciones gigantescas que se descubre ante los ojos de sus visitantes como quien pela una cebolla. Se superponen capas y capas de acciones y actividades orientadas a satisfacer el apetito de todos los sectores implicados: aficionados, patrocinadores, agentes y ojeadores, comunidad…  Un modelo de organización y factura impecables, explotado comercialmente durante décadas e imitado por todos los rincones del planeta.  Y en el corazón de la cebolla, baloncesto en estado puro.

Deshaun Thomas./ Getty Images

Atrás quedaron milagros como el sueño de Butler. Este año, el cuento no tiene cenicientas, sólo madrastras: Kansas, Louisville, Kentucky y Ohio State. Todas son instituciones con solera que saben lo que significa jugar una Final Four, y sus respectivos técnicos, con salarios superiores a los 2.7 millones dólares al año, también, aunque sólo dos, Rick Pitino (Louville) y Bill Self (Kansas) hayan conquistado un título de la NCAA.  Thad Matta (Ohio State) ha llegado hasta aquí en una ocasión, mientras que John Calipari (Kentucky) lo ha hecho en tres sin lograr dar caza aún a su particular ballena blanca. En 2011 pudo hacerlo, pero se le escapó en semifinales. En 2012, el morbo está servido con  el duelo Pitino vs. Calipari y su entretenida historia de celos y envidias, convenientemente especiada por nosotros, los medios.

En cuanto a los jugadores, para muchos la Final Four será una experiencia que les permitirá alcanzar un grado de notoriedad que probablemente no volverán a tener jamás.  Sólo unos pocos irán a la NBA, y una vez allí los que triunfen serán menos aún. Quienes vayan a jugar al extranjero no vivirán nada parecido a no ser que consigan disputar una Final Four en la Euroliga, pero incluso así no se verán expuestos a ese nivel. ¿Algunos nombres propios? Anthony Davis (Kentucky), Thomas Robinson (Kansas), Michael Kidd-Gilchrist (Kentucky), Jared Sullinger (Ohio State) y Deshaun Thomas (Ohio State).

Ni me imagino el ambiente dentro de los vestuarios antes de cada partido. La adrenalina y la testosterona alcanzando niveles imposibles en el sistema nervioso de los jugadores, concentrados en sus rituales pero inquietos mientras los graves del hip-hop sacuden sus neuronas desde sus reproductores mp3, ansiosos por escuchar la charla pre-partido para poder salir de una vez al parqué del abarrotado Superdome, antiguo refugio de los damnificados por el Katrina, y empezar a sentir el calor del público, los acordes de las bandas de música, romper a sudar y dejarse llevar detrás de un sueño.

Ya no falta nada. Como reza una de las expresiones favoritas de los habitantes del estado de Luisiana cuando se acerca el Madri Gras y la temporada de carnavales: “Laissez les bon temps rouler”. Que empiece lo bueno.

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Fecha | 29.03.2012 14:01

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