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Wilt Chamberlain, ‘The Big Dipper’

Imagínense esto: un jugador de que mezcle el poder físico de Howard, la técnica de Olajuwon y una mentalidad ganadora a prueba de bombas. Una vez hecho el cocktail, retrocedan cincuenta años en el baloncesto. Un hombre adelantado a su tiempo; un salto genético y técnico de varias generaciones. Fue uno de los primeros dominadores de la historia. Quizá, el pionero por condiciones y por actitud. Una personalidad arrolladora. Un pívot que jugó de base. Una mente maravillosa y un cuerpo legendario. El impacto que tuvo Blake Griffin en nuestras vidas es ínfimo comparándolo con el que supuso el aterrizaje de Wilt Chamberlain en la NBA. Él y Bill Russell protagonizaron enfrentamientos legendarios sobre los que se cimentaría la historia de la NBA. Los primeros dioses del baloncesto.

Cuando la competición que encumbra a los mejores andaban aún en pañales, Chamberlain emergió junto a Baylor, West y Cunningham. Estrellas y dueños de los partidos. Gigantes de este juego. Los primeros. Chamberlain fue, quizá, el más enorme de todos. Su estatura, su velocidad, su calidad técnica, su ardor competitivo y su hambre… elementos que le mantuvieron en un altar durante más de una década. Y en una persecución gloriosa. Su camino hasta el anillo de la NBA se encontró en demasiadas ocasiones con los Boston Celtics. Sí, esos Boston Celtics que construyeron su dinastía con ocho anillos consecutivos. Un hombre contra un equipo. Hércules ante los Doce Trabajos. Logró ser campeón. Comprendió que un jugador excelente eso sí, no puede contra un equipo. Todos los grandes campeones de la historia sufren la misma metamorfosis. Jordan tardó en comprender que debía pasar de ser un hombre a un líder y Chamberlain también. Con una única diferencia, Chamberlain fue el primero en comprenderlo y en hacerlo.

Uno de los cincuenta mejores jugadores de la NBA. Dios del baloncesto. Por números e impacto. Sus dos anillos de la NBA, sus trece presencias en un All Star, sus promedios de anotación y rebotes, sus “20-30”, sus “30-30”, su fadeaway, sus cerca de cien records en la NBA son hitos de difícil superación. Algunos batibles con algo de fortuna. Sin embargo, hay uno que jamás, salvo en una película, será superado. Una anotación fuera del alcance de cualquier ser humano hace cincuenta años, en la actualidad o en las próximas siete décadas. Sólo un hombre, un dios del baloncesto lo logró. Fue él. Cien puntos en un partido. El dos de marzo de 1962, Wilt Chamberlain unió su leyenda a esa cifra mágica y redonda que muchos equipos no alcanzan en un partido con doce jugadores. No existen imágenes en movimiento de aquel encuentro ya que no fue televisado. Sólo fotografías y el acta. Nada más. Bueno, y una leyenda que dice que Chamberlain llegó al partido sin dormir la noche anterior. Él nunca lo desmintió. Una manera más de darle brillo a esa marca y a su propia historia. Verdad o mentira, el hecho contrastado fueron esos cien puntos. Una actuación que define el dominio que ejercía el dios Chamberlain sobre el resto de jugadores de baloncesto. Un hecho irrepetible. Y esto no es una frase hecha sino una realidad tan sólida como el acero.

El baloncesto es un deporte maravilloso. Un juego que mueve el mundo. Chamberlain empezó el camino para que la NBA sea el Monte Olimpo para los hombres que luchan por encestar una pelota en una canasta. Un pionero físico y técnico. El iniciador, junto a otros pocos elegidos, de la historia del baloncesto americano y mundial. Gracias a él, el juego se transformó.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 02.03.2014 19:48

´Soy Leyenda’: Charles Barkley

Un valiente que miró a los ojos a Michael Jordan. Un cuerpo preparado para arrasar con todo lo que se le pusiera por delante. Un integrante del mejor equipo de todos los tiempos. Unos hombros que sostuvieron a dos ciudades. Philadelphia y Phoenix le adoraron. Y el mundo entero porque Charles Barkley es una figura mediática que sobrepasa las canchas. Culpable junto con Magic, Bird, Jordan, Thomas y compañía de que la NBA sea lo que es hoy día. Uno de los perfiles griegos más ‘incómodos’ de aquel selecto grupo de dioses que elevó al máximo este juego.

Los Sixers intuían el final de la carrera de Julius Erving. Philadelphia iba a perder a su ídolo por el insoportable paso del tiempo. Ni saltaba ni anotaba como antes porque tenía demasiadas horas de vuelo. Moses Malone también veía cerca su ocaso baloncestístico y acogió a un joven Barkley bajo sus enseñanzas. Con una carrera universitaria de doce meses, aterriza en la mejor liga de baloncesto del mundo en 1984 tras ser elegido en el número cinco del Draft (dos puestos por debajo de Jordan), sabiendo que él representa el futuro de una franquicia. Mucha presión para cualquier joven menos para alguien con tanta personalidad y desparpajo. Aceptando de buen grado todos los consejos de sus compañeros veteranos (sobre todo, de Malone), Barkley arrasaba en la pista y fuera de ellas. Una personalidad magnética y querida iba creciendo en los Sixers.

No salió de allí hasta 1992. Durante sus casi diez años como la estrella de una de las ciudades más importantes de Estados Unidos logró ser All Star, máximo reboteador de la liga, estar en el mejor quinteto de la liga y convertirse en un referente mundial. Pero el anillo nunca llegaba y este hecho terminó por ser un detonante pausado de su caducidad en los Sixers. Su actitud fue empeorando pese a ser siempre uno de los mejores del equipo. Sus problemas con la báscula iban y venían. Ser el mejor reboteador de la NBA pese a su altura… o el mejor alero nunca saciaron su apetito. Por eso, se marchó hasta Arizona para ser el jefe (de nuevo) de un equipo: los Suns.

Su primera temporada jugando en Phoenix fue la mejor de su carrera. Michael Jordan dominaba la NBA pero le iba a salir un rival casi inesperado, más delgado y que le conocía como a un hermano: Barkley. Uno de sus mejores amigos en la liga. Los Bulls sufrieron mucho para ganar. Barkley era el MVP aquella temporada 92/93 y los Suns estuvieron a punto de alcanzar la gloria absoluta. Tuvieron la mala suerte de cruzarse con el mejor jugador de la historia… Jordan derrotaba a otro rival legendario. Barkley lo intentaría más veces pero nunca llegaría a estar tan próximo al anillo como aquel junio de 1993.

Cuando la dieta ya era sólo una molestia y no una herramienta para triunfar, Barkley también se dejó llevar por el ansía que empuja a muchos jugadores a escoger mal y querer el anillo de cualquier manera. Si eres tan bueno, deseas el premio gordo y Barkley lo buscó con más empeño en los Rockets pero no tuvo suerte. Su estrella se apagaba a la misma velocidad que cogía kilos y estropeaba su swing en el golf. Barkley cerraría su carrera en la NBA en el mismo lugar donde la comenzó: Philadelphia. En diciembre de 1999 se rompía el tendón del cuádriceps izquierdo. Pero su majestad quiso volver antes del final de la temporada regular para despedirse jugando y no en una camilla. Sería en abril de 2000. Barkley se iba de la mejor liga de baloncesto del mundo habiendo sido uno de los mejores aleros de la historia. La leyenda de Barkley se agranda al saber que tiene dos medallas de oro olímpicas (1992 y 1996), ser uno de los mejores del auténtico Dream Team, Hall of famer desde el 2006, elegido como uno de los cincuenta mejores jugadores de la historia y uno de los chicos “malos” más buenos de la NBA. Leyenda absoluta.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 11.10.2012 11:10

Air Force One

En 1982 Nike iba a revolucionar, de nuevo, el deporte. Algunos años antes había lanzado una zapatilla para correr con una cámara de aire incorporada en la mediasuela y ahora llegaba el turno del baloncesto. El visionario había sido Frank Rudy, que después de ofrecer su invento a varias marcas, consiguió convencer a Phil Knight, el fundador de Nike. Aunque se hable de “cámaras de aire”, lo que Rudy ideó fue un compuesto gaseoso con una estructura mayor a la habitual, que no permitía que pasara a través de la bolsa.

En las zapatillas de correr ya había mostrado su utilidad, pero sorprendentemente, a nadie le parecía que en el baloncesto la amortiguación fuera importante. Hasta que llegó la Air Force One. Bruce Kilgore, uno de los diseñadores clásicos de Nike, culpable también de la Air Jordan II, se encargó de que la Air Force One fuera tan estable como amortiguada. Y de hecho, se basó en las botas de montaña.

Las primeras pruebas de los jugadores de elite la presentaban como una zapatilla ligera. Recuerda, estamos en 1982. El aire pesa menos que la espuma que se utiliza para las suelas, cuanto más aire coloques en una zapatilla, menos suela y menos peso. Seis jugadores se encargaron de promocionarlas en la NBA, Michael Cooper, Calvin Natt, Bobby Jones, Mychal Thompson, Jamaal Wilkes y Moses Malone. La Air Force One fue un éxito en las canchas, pero en un par de años las ventas comenzaban a disminuir en favor de nuevos modelos. Comenzaba la leyenda.

En Baltimore seguían pidiendo Air Force One, aún cuando Nike ya pensaba en otras cosas. Así que un día, tres tiendas de la localidad, Cinderella Shoes, Downtown y Rudo Sports, preguntaron a Nike ¿cuántos pares de Air ForceOnes tendríamos que pedir para que las resucitaran? La respuesta fue la que esperaban de Nike “si estáis lo suficientemente locos para preguntarlo, nosotros estamos suficientemente locos para hacerlas“. Y la cifra era 1200 pares de cada color. Se vendieron en el mismo mes. A partir de ahí, un nuevo color cada mes. En Nueva York corrió el rumor de que en Baltimore seguían teniendo aquellas zapatillas antiguas, en nuevos colores y comenzó la peregrinación.

Esas Air Force One no eran exactamente iguales, se cambió la malla del panel lateral, la ojetera era diferente y la puntera estaba perforada. Había pasado de las pistas a las calles y se había convertido en la zapatilla que representaba Nueva York. Bobbito Garcia, el dj y streetballer, contó que en pleno viaje, en la otra punta del mundo, alguien que vio sus Air Force One le paró para preguntarle si era neoyorquino.

Puede que sea la zapatilla con más versiones y la más coleccionada. A las habituales High y Low, se unió en los noventa la Mid, quizás la más popular en estos momentos. Rasheed Wallace siguió jugando con nuevas versiones hasta su retirada en 2010. Se habla de casi 2000 colores, con ediciones especiales para Ronaldinho, Stash, Playstation, Jay Z, Mr Cartoon, LeBron James, Kobe Bryant, Lance Armstrong, Futura, y la más sencilla de ellas, blanco sobre blanco, que sigue siendo la zapatilla más vendida cada mes en Estados Unidos, 30 años después de su lanzamiento.

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Autor | Kike sz9
Fecha | 21.09.2012 23:23

David Robinson

Si un artista dibujase el cuerpo perfecto, escogería como modelo el de David Robinson. Uno de esos jugadores que surgió a finales de la década de los ochenta como una evolución física y técnica. Hasta 1989, se había visto pocos conjuntos de músculos tan bien formados en una cancha de la NBA. Por supuesto que ya existían pero ninguno con una valía tan grande y una historia tan interesante.

David Robinson vivió su época universitaria en la Marina. Retrasó su carrera en la NBA por el ejército. Una decisión controvertida pero llena de compromiso. Pudo empezar su vida profesional en 1987 pero no debutó con los Spurs hasta 1989 (su servicio militar debía durar cinco años pero se le redujo ese período). Antes de llegar a la mejor liga de baloncesto del mundo, Robinson brilló en la NCAA gracias a su facilidad anotadora y su fuerza en la defensa. Fue legido como uno de los mejores de aquella época. Una estrella en ciernes. Campeón del mundo en 1986 y medalla de bronce en Seúl 88´. El último equipo no profesional que Estados Unidos presentó en unos Juegos.

“The Admiral” aterrizaba en San Antonio, franquicia que había peleado por él para construir un equipo campeón y dominador en la pintura. Su velocidad, su fuerza y sus puntos harían felices a todos los fans tejanos durante catorce temporadas. Su camino hasta alcanzar la gloria absoluta fue duro, como el de cualquier campeón entre los mejores. Temporadas de aprendizaje, de evolución y explosión, de confianza y de triunfo. Su primer año como NBA fue maravilloso porque se llevó el premio de Rookie del año y asombró a todos por su manejo del juego y su superioridad física. Los Spurs alcanzaron los Playoffs y se convertirían en un clásico de la postemporada pero sin rozar el anillo. Siempre cerca, nunca poseerlo. Míticas son sus peleas con Shaquille O´Neal por ser el máximo anotador. Cada uno de sus duelos fue maravilloso. Si pueden, háganse con una copia. Merece la pena. Un espectáculo titánico.

Cuando el “lockout” nos empujó a una temporada regular de cincuenta partidos, los Spurs estaban en su momento idóneo. Robinson había sido elegido entre los cincuenta mejores jugadores de ls historia de la NBA, el oro en Barcelona 92, limpiaba su expediente olímpico tras el fiasco cuatro años y David Robinson contaba con la ayuda de un jovencísimo Tim Duncan… Primer anillo frente a los Knicks. David Robinson en un estado físico y mental perfecto, un líder real para un equipo campeón y legendario.

Se retiró en 2003 con otro anillo y firmando una hoja de servicio final maravillosa: MVP 1995, Mejor Rookie en 1990, Mejor defensor en 1992, medalla de oro en Barcelona 92´y Atlanta 96´, bronce en Seúl 88´y, por supuesto, Hall of Famer. Casi nada para alguien que llegó a la NBA dos dos años después de lo que debía, para alguien que era soldado, para alguien que soñaba con servir a su país y al deporte… alcanzó sus metas con creces. David Robinson, uno de los mejores “center” de la historia.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 29.08.2012 12:08

Un astronauta

El baloncesto de la década de los ochenta tiene a Larry Bird y a Magic Johnson como los dos estandartes de aquel esplendor que maravilló al mundo y le hizo caer en los brazos de la mejor liga de baloncesto del mundo. Tanto brillo desprendían estas dos figuras que el resto de sus contemporáneos parecen estar en la oscuridad. Sin embargo, gente como Clyde Drexler, Patt Ewing o Dominique Wilkins atesoraban una calidad cercana a la de Bird y Johnson. Ese “casi” les quitaba portadas de revistas pero no cariño en sus corazones. Eran unos secundarios en estrellato pero con alma de actores principales.

Dominique Wilkins era, de largo, el más explosivo de todos ellos. Un físico adelantado a su época. Con la altura suficiente para jugar por fuera con rapidez y lugar con los más grandes en la pintura. Buscaba el aro como un rayo. Sus condiciones físicas eran excepcionales. Hubiera dominado la liga de no haber acompañado durante una década a los Bird y Magic y al joven Michael Jordan.

Si repasan algunos vídeos de Wilkins pueden comprobar que realizaba movimientos que resultan muy familiares para las jóvenes generaciones. Saltos y giros del siglo XXI pero en los ochenta. Muchas de las estrellas de los últimos años noventa imitaban movimientos suyos. Se habían criado con él. Un modelo para estrellas. Un estilo. Así de sencillo. Un adelantado con una confianza de acero. Nunca negó un combate baloncestístico. El rival no le intimidaba. En una entrevista llegó a afirmar, en tono de broma eso sí, que se sentía como una estrella de cine desde los catorce años.

Nunca ganó un anillo. Siempre se cruzaban equipos que doblegaban su juego. No tuvo una plantilla lo suficientemente eficaz para pelear con Boston Celtics y Detroit Pistons en el Este. Estaba ahí pero nada más. Le faltó eso. Otra vez, el destino y la coincidencia en el espacio-tiempo le arrebataba la gloria. La persiguió con ahínco durante varias temporadas pero su voluntad se quebró a la misma velocidad que iba perdiendo facultades físicas. Su compresión del juego fue creciendo pero nunca fue suficiente, siempre se cruzaba alguien en su camino. De haber estado en la liga ocho años antes…

Tras su declive en la NBA probó suerte en Europa donde todavía tenía suficiente cuerpo para dominar. En Grecia ganó mucho dinero y muchos partidos. Una estrella que se iba a apagando. Una hoja de servicio brillante: ganador de concurso de mates, All-Star varias veces, uno de los cincuenta mejores jugadores de la historia de la NBA… un embajador de la liga y un apóstol de lo que significaba la mejor competición de baloncesto del mundo. Nuestros ojos aún se quedan como platos al ver sus duelos con Jordan, sus rectificados, y su fuerza. Simplemente imaginen lo que significó el poderío de Blake Griffin hace dos temporadas. ¿Bien? Pues ahora retrocedan 25 años en el tiempo. Ahí lo tienen… Dominique Wilkins.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 17.08.2012 18:05

Earvin ‘Magic’ Johnson

Mirada a la izquierda y el cuerpo le acompaña. El balón va hacia el otro lado. Siempre con una sonrisa. Te ganó pero siempre con una sonrisa. El baloncesto actual le debe mucho. La NBA le debe mucho. Junto con Larry Bird, construyeron lo que significa el juego y el estilo de la mejor liga de baloncesto del mundo. Si hay alguien que se merece un “Soy Leyenda” es él: Magic Johnson. Un cuerpo privilegiado. Un adelantado genéticamente. Un visionario. Un talento desproporcionado y nunca antes visto. En su conjunto, Magic Johnson fue un pionero porque un tipo de más de dos metros no podía jugar de base, no podía correr como él hacía, no tenía el dominio sobre el balón que tenía, ni tampoco la mentalidad. Un jugador del futuro. Reventó el mundo del baloncesto. Fue el primer superjugador global que decidió sacudir el plantea a través de una canasta o un pase.

Siendo rookie, ganó un anillo. Pero no siendo un jugador de relleno o algo por el estilo. No. Magic Johnson aún no era mágico pero sí que era alguien impactante. Con su estatura y envergadura, tuvo que jugar de pívot. Él podía con todo. Su primer año entre los mejores fue All Star y uno de los mejores rookies del año. Fue MVP de aquellas Finales. Metió 42 puntos en el definitivo sexto partido, ganó un anillo y ya dejó de ser Earvin Johnson para ser Magic.

Su carrera tiene todos los galardones posibles. Con mucha suerte se puede alcanzar una temporada… pero ser uno de los más grandes durante más de una década está al alcance de uno de los cincuenta mejores jugadores de la NBA. Te puedes marear si lees rápidamente todos los hitos y hazañas que protagonizó. Mejor que eso, es disfrutar de las fotos y los vídeos que tenemos en este artículo. Saboreen. Quédense con el placer que les nazca al volver a ver todo. Magic.

La NBA tiene millones de espectadores en todo el mundo. Ya sea en Madrid, México D.F. o Tokio. Puedes ver camisetas de cualquier equipo de la mejor liga de baloncesto. Globalización. Pero para conquistar el planeta, necesitas enamorarlo. Magic Johnson fue el trovador que nos sedujo con sus jugadas, con sus actuaciones y con su rivalidad. Bird y él triunfaron al mismo tiempo en la universidad y en la NBA. Su rivalidad, sus equipos (Lakers y Celtics) y su estilo sirvieron para que cayéramos en brazos de esta competición. Si aman este deporte pero no les ha visto jugar, que sepa que todo lo que ve usted ahora, a los Kobe, Lebron, Durant, etc… todo viene gracias a ellos, a Magic, a Bird y, posteriormente, a Michael Jordan.

El día en el que Magic anunció su retirada por contraer el SIDA fue uno de los más tristes para todos. El hombre que había transformado el juego y que había inventado el “Showtime” se marchaba antes de tiempo. Pero antes de decir adiós definitivamente, nos dejaría dos momentos inolvidables. Su MVP en el All Star de 1992, estando ya retirado pero elegido por aclamación popular. Se presentó en Florida para jugar este partido. Triunfó. Luego, llegó el verano y aún con el sabor agradable de aquel fin de semana de las estrellas, Magic se unió a Jordan, Barkley, Bird, etc en el mejor equipo de todos los tiempos: el Dream team. Perlas antes de decir adiós. Ser protagonista de dos de los momentos más fabulosos de todos los tiempos no es casualidad… es Magic.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 14.08.2012 10:08

Binomio estelar

Hay una cualidad, difícil de poseer, no se entrena ni nadie de la poder enseñar. Necesitas a otra persona para ejecutarla perfectamente. Una mirada se encuentra con otra. No hay palabras. No hay gestos. Sólo esa mirada. Entendimiento absoluto. Los ojos. Karl Malone y John Stockton. El mejor “bijugador” de todos los tiempos. Dos dioses del baloncesto fusionados. Un deleite. Un privilegio verles jugar juntos. Batman y Robin, el Gordo y el Flaco, Fred y Ginger,Yoko y John, Astérix y Obélix, etc. ninguna como Karl y John.

Si Michael Jordan tuvo que ofrecer su mejor juego, destreza y concentración fue por Malone y Stockton. Le obligaron a dar el máximo, a jugar con 42 de fiebre y vómitos, a firmar una de las canastas más maravillosas de las últimas cuatro décadas, a ser más grande que nadie… Fue todo porque Malone y Stockton estaban ahí como rivales. Nunca salieron triunfadores en esas batallas pero sí pasaron a la historia como dos grandísimos jugadores, de los mejores de todos los tiempos. Un honor al alcance de muy pocos.

Stockton ha sido uno de los bases más inteligentes. Una rapidez mental para analizar la situación, un ordenador vestido de jugador de baloncesto. Afinado y sin errores, sabedor de lo que exige cada posesión, lector de juego brillante y ladrón de guante blanco. Es que más asistencias ha dado en la historia. ¿Hace falta decir más? Hall of Famer, All Star diez veces, campeón olímpico, etc. La hoja de servicio es de oro, celestial, mareante, exigente y maravillosamente casi inalcanzable. John Sctockton.

Muchas de las asistencias que registra Stockton son gracias a Karl Malone. Ese hercúleo físico, potente y explosivo al principio de su carrera y constante y regulado al final. Malone es el ejemplo de la evolución hacia la brillantez. De la confianza física a la construcción de recursos prácticos para contrarrestar el paso del tiempo. Karl Malone entendió perfectamente lo que necesitaba para pasar a la historia. Comprendió que físicos espectaculares ha habido muchos pero de esos cuerpos privilegiados, pocos se inmortalizaron por el músculo. Tuvieron que entender y dominar el juego. Malone lo hizo y se convirtió en un tipo que manejaba el tiro de media distancia a su antojo. Movimientos eficaces y casi imparables. Karl Malone creció gracias a Stockton y viceversa. Se entendían con una mirada: “Miro, sí, hacia dentro… toma el balón, canasta.”

Nunca pudieron ganar un anillo. Tuvieron la desgracia de cruzarse con Michael Jordan. Espolearon su ambición y talento. Malone y Stockton no pudieron con él pero le tuvieron contra las cuerdas. Lograr eso tiene un mérito enorme. Sus carreras fueron gloriosas cuando las vivieron juntos. El no conseguir el anillo les devoró pero el juego que mostraron al mundo es inolvidable. Gracias a ellos intentamos entendernos con una mirada cuando jugamos, ser como ellos, encontrar un compañero que pueda completarte, aprovecharse de tus virtudes y tú de las suyas. Un binomio glorioso e irrepetible. Dos individuos que formaron un súper jugador. Malone y Stockton, dos grandes. Respeto. Gloria. Intuición. Calidad.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 02.08.2012 18:42

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