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Dikembe Mutombo

Un pionero africano. Un hombre unido al gesto de “no en mi casa” con el dedo índice y con una voz tan profunda como los valores que promulgó en sus años en la liga. Una carrera deportiva maravillosa y meritoria con gestos y acciones humanitarias aún más gloriosas. Un defensor intenso. Un trotamundos. Un africano en la NBA. Uno más. Un colonizador como Bol. Hacer del tapón un arte y una forma de vida. Dikembe. Defensa.

Dieciocho temporadas en la NBA no las juega cualquiera. Tampoco ocho All Stars ni entrar en los mejores equipos defensivos año tras año o ser el más destacado en esa faceta cuatro veces. Dignificó la defensa. En cada década ha habido dos o tres jugadores que han elevado y transformado el hecho de impedir la canasta del rival. Mutombo es uno de esos hombres llamado a cambiar el juego. Cierto es que el defensor no luce igual que el que anota pero gente como Mutombo consiguen que nos fijemos en ellos, en disfrutar de un robo o un tapón…

Pero este altísimo africano no hubiera llegado hasta la cima sin tener unos valores muy sólidos y una ética de trabajo intachable. Dikembe tenía buenos mimbres pero su paso por Georgetown los recubrió de cemento. John Thompson fue el entrenador de los Hoyas que aceptó el reto de incluir en su plantilla a un joven que apenas hablaba inglés y que venía desde muy lejos para jugar a un deporte para el que estaba predestinado desde que nació. Con los Hoyas creció en todos los aspectos. Su juego se fue desarrollando junto a un pívot con el que se enfrentaría en la NBA: Alonzo Mourning. Hombres grandes para dominar por dentro, intimidar y triunfar. Su periplo universitario finalizó al comienzo de la década de los noventa… aterrizaría en los Nuggets.

Si Mutombo no pasa desapercibido cuando dice “Buenos días” o levanta el brazo para pedir un taxi, imagínense en la NBA. Un tipo tan alto y tan largo(porque se pueden ser las dos cosas) iba a comerse el mundo desde la defensa. Sus primeras temporadas en Denver fueron buenas pero sería con los Hawks cuando Mutombo realmente movió el dedito para frenar a todos los rivales. Su impacto en Colorado y en Georgia fue espectacular. Si con los Nuggets dejaba detalles impresionantes (doce tapones frente a los Clippers en su segundo curso con los mejores), con los Hawks dejaba joyas. Sí, joyas porque Mutombo ayudó a volver a dignificar el trabajo defensivo. Fue uno de los culpables de que hoy disfrutemos de gente que nos deja con la boca abierta con un tapón o forzar un error de su emparejamiento.

Mutombo ya ganó el premio de defensor del año en Denver, también con Atlanta y fue All Star. Con los Hawks, estuvo presente cuatro temporadas consecutivas en el All Star. En la ciudad de la Coca Cola se vio al mejor Mutombo de todos. Una obra de arte en forma de defensa.

Tras esos años gloriosos, el físico empezó a fallarle al gigante africano. La voz seguía potente pero no movía tanto el dedo índice como antes. Pero antes de que su estrella se apagara en los Nets, Knicks y Rockets, fue capaz de vivir unas finales de la NBA con los Sixers de Larry Brown y Allen Iverson. El anillo estuvo más cerca que nunca para Mutombo. No lo alcanzaría porque Shaq y Kobe no estaban por la labor. Mutombo perdió esa oportunidad de llegar a lo más alto entre los más altos. Pese a eso, su labor en la NBA había ayudado a crear una defensa que atrapara a todos los fans del mundo.

Pero si hizo grandes cosas en las canchas, fuera de ellas hizo aún cosas más grandes. Un fenómeno en todos los ámbitos de la vida. En su profesión, triunfó y como ser humano, también. Su labor humanitaria ayudando a sus compatriotas ha sido felicitada por todos. Su fundación ha construido hospitales, escuelas y canchas de baloncesto. Viviendas para los que no la tienen. Dando todo para los que no tienen nada. No sé si se admira más al Mutombo jugador o al Mutombo icono humanitario. Los dos cambiaron el juego y lo volvieron más maravilloso. El baloncesto y la vida.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 01.06.2012 17:27

Gary Payton

Jugar en la calle al baloncesto es algo obligatorio. Al no tener una figura rectora que te proporcione la información para saber decidir de manera correcta, el talento se impone. La calle para que esa virtud innata salga a la luz y te ayude a elegir bien. Debería ser un paso obligatorio ya que despierta la calidad, la pule y desarrolla esa inteligencia pícara que poseen todas las personas que han vivido la calle. La universidad de la vida. Gary Payton vivió la transición de la calle a la universidad, y de ahí, a la NBA.

La chulería hecha jugador. Por cómo botaba, cómo corría, cómo tiraba, cómo ladeaba la cabeza mientras comía chicle… un poso que te dan la calle y la certeza de saberse bueno. Pero esta manera de ser en la pista no implicaba vaguería. Todos lo contrario. Para fardar hay que trabajar. Payton llevó este lema hasta el final. El descaro de la calle llevado a los pabellones de la NBA. Un jugador que enganchaba. De esos hay pocos. Un servidor se despertaba por las noches para ver a Payton. A ver qué hacía. Cómo robaba un balón y dejaba una bandeja mirando al tendido. Una chulería que enganchaba. Una manera exagerada de comer chicle durante el juego. Payton aunó esa inteligencia callejera, calidad, talento y ganas de triunfar.

Siendo el mejor jugador universitario tras su paso por Oregon State, fue elegido en 1990 en la segunda posición del draft por los Sonics. Allí pasaría el grueso de su carrera. No ganaría el anillo, pero su fama como jugador creció hasta límites insospechados. El descaro que mostraba cuando tenía la pelota y dirigía el ataque, se duplicaba a la hora de defender. “The Glove”. Un ladrón brillante. Como Brad Pitt en Ocean´s Eleven. Daba gusto verle hacer su trabajo atrás. No importaba el rival. Payton sonreía y robaba. Fue elegido mejor defensor en la temporada 95/96. El descaro de la calle al servicio de la defensa y de la victoria en la NBA. Su trayectoria en los Sonics fue brillante, pero no hubo anillo. La coincidencia en el espacio tiempo con los Bulls más dominadores de Jordan provocó que Payton y Kemp no llegarán a la gloria. George Karl había conseguido sacarle el mayor jugo a un tipo como Gary Payton. Le transformó. Un pillo reformado para triunfar.

Tras el golpe que supuso no ser campeón, Payton entró en una fase de desesperación y hambruna de títulos excesiva. Pasó a ser un problema para su equipo de toda la vida. Necesitaba cambiar. Y lo hizo, dando tumbos por varias franquicias. Incluso jugó para los Lakers formando “Los cuatro fantásticos” con Shaq, Malone y Kobe. Un experimento demasiado forzado como para ser campeón. Un nuevo traspiés. El oro del triunfo cegó parte de sus decisiones pero esa gula se sació, en parte, con dos medallas de oro en Atlanta 96 y Sidney 2000. Ese pecado capital dirigió su vida deportiva durante varias temporadas. Necesitaba el anillo. La confirmación de que su estilo, su actitud y su juego también podrían valer para ser parte de la historia. Cuando su camino en la NBA se acababa formó parte, junto con Shaq, de esos Heat campeones en 2006. Diez años después de su primera oportunidad.

La calle, la universidad de la vida, el descaro, la valentía, el ser el más listo y vivo de todos tuvo su recompensa. Payton no paró hasta ser un triunfador completo. Un ganador real. Una leyenda de la NBA en forma de guante. Un jugador que enganchaba, que ayudó a que los jóvenes volvieran a jugar con más de talento y menos de escuela. Si el cuerpo te pide algo, dáselo. Puede que , si eres lo suficientemente bueno, tengas razón. Payton la tenía.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 20.05.2012 18:17

Chris Mullin

Si le ves vestido como jugador de baloncesto, sin conocer su identidad, lo último que pensarías es que ha sido un tipo que ha estado en la élite durante más de una década. Con todos mis respetos ante él, pero Chris Mullin paseó su “cuerpo escombro” por los pabellones de la NBA sin ningún rubor y con todo el desparpajo del mundo. Aquello que nos venden en la película La bella y la bestia se convierte en una verdad absoluta deportiva : “la belleza está en el interior (y en la muñeca)”.

Un tipo muy inteligente, valiente y muy vivo. Hasta cotas legendarias porque si no tienes el físico adecuado, no puedes formar parte del mejor equipo de baloncesto de todos los tiempos. Llevar colgada la medalla de oro de Barcelona 92 implica ser parte de la historia por tu triunfo y porque nunca habrá doce jugadores tan buenos en una misma plantilla de una selección nacional. El Dream Team fue Jordan, Barkley, Robinson, Stockton, Bird, Magic… y Mullin. Sin hacer ruido pero siempre aparecía para dar el pase adecuado o el tiro perfecto. Sin hacer mucho ruido y sin ser el más espectacular pero Chris Mullin estaba allí. Merecedor con todos los honores de ser parte de aquello.

Su carrera no sólo es gloriosa por aquellos Juegos Olímpicos. Si trayectoria deportiva es el mejor ejemplo de superación de barreras casi insalvables para la mayoría de los mortales. Si nos olvidamos del aspecto físico, debemos hablar de su adaptación desde la universidad de St. Johns a la NBA. Ser séptimo del Draft de 1985 siendo un jugador que estuvo en Los Ángeles 84 y ganó el oro junto a Jordan le puso un peso extra encima del que le costó deshacerse. Ser tres veces elegido como Big East Men’s Basketball Player of the Year implica ser muy bueno y que se espera mucho de ti. Quizá por eso, se escondió entre las botellas de alcohol. Su aterrizaje en la NBA no fue malo pero la presión, sus ansias por alcanzar la gloria y la locura de los 80 le llevaron a perderse muchos partidos por el alcoholismo. De hecho, admitió que jugó varias veces bebido y que lo necesitaba para estar a gusto.

Don Nelson le ayudó mucho. Fue el causante de que cambiara su vida. Una vida que se iba perdiendo por el desagüe, pero el técnico decidió frenar la caída de este futuro Hall of fame. Le devolvió ese talento que las lesiones y el alcohol le iban robando y se convirtió en alguien de prestigio. Cinco temporadas consecutivas siendo el máximo anotador de los Warriors no es sencillo. Sus números son de leyenda. Les invito a que los repasen. Cuando uno los lee, se da cuenta lo grande que fue. No reparas en ellos hasta que los estudias. Son un poco como él: brillantes pero sin querer hacer ruido.

Chris Mullin integra esa lista de jugadores mitológicos que no tienen un anillo. Junto a Barkley, Malone y Stockton, nunca alcanzaron la gloria absoluta en la NBA aunque formaron parte de ese equipo glorioso del Dream Team. Se le recordará como un tirador tremendo e implacable. No necesitaba apenas nada para sacar el máximo provecho. Siempre aparecía cuando nadie le esperaba. Una mente maravillosa y un arrojo extremo para hacer valer sus cualidades y esconder sus defectos. Mullin estuvo en la élite muchísimos años. Como los grandes. No a la altura de Jordan, Magic o Bird pero sí dentro de un grupo de hombres que elevaron la mejor liga de baloncesto del mundo a los altares de manera definitiva.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 07.05.2012 13:55

Shaquille O’Neal

Hagamos un ejercicio de regresión: una tarde de domingo jugando con su sobrino/hijo/hermano pequeño, etc. Diferencia de altura y peso considerable. Un hombre frente a un niño. Victoria para el hombre. Por fuerza, velocidad y estatura. Sea al deporte que sea. Todos hemos vivido o “sufrido” algo así. Bien. Ahora, fijen esa sensación de superioridad apabullante, multiplíquenla por veinte y ubíquenla en un pabellón de baloncesto junto a los mejores jugadores, más fuertes, altos y rápidos del mundo. El hombre que “jugaba” con ellos como si fueran niños: Shaquille O´Neal.

Ese dominio absoluto e imparable fue lo que movió y transformó la pintura desde la llegada de Shaq en 1992. Tanta fuerza y velocidad nunca había sido vistas en la NBA. Nunca. Fue un nuevo pionero físico. A finales del siglo XX un cuerpo del futuro comenzó a vivir entre los mejores. Su primera temporada fue de una repercusión deportiva y mediática de dimensiones tan colosales como sus brazos. Rookie del año, algún tablero destrozado, mucho miedo en los rivales y cariño de los aficionados.

Pívot. 2,16 metros. Más de 130 kilos. Velocidad y fuerza hasta el extremo. Sus primeros pasos fueron tan seguros y rápidos como sus reversos en la zona. Un torrente juvenil y descarado que manejó la conferencia Este desde su posición. Los Magic construyeron alrededor de él un equipo casi campeón. Sin embargo, las horas de vuelo de Shaq eran insuficientes ante el conocimiento del juego de Hakeem Olajuwon. Su primera oportunidad de ser campeón se esfumó demasiado rápido. Sin tiempo de poder saborear y devorar el momento. Los Rockets eran demasiado equipo. Pero como todos los grandes jugadores que pierden un combate, O´Neal se levantó de aquel golpe. Su periplo y sus músculos parecían desgastados en Florida. Necesitaba domesticar su salvaje energía. Buscaba un guía zen en su fuerza y baloncesto.

Tras cuatro temporadas creciendo (en todos los aspectos físicos) puso rumbo hacia Los Ángeles y hacia el oro y púrpura. Su escalada hacia la gloria comenzaba de verdad. Phil Jackson dominó y enseñó al tornado. Pasó de ser un físico mitológico que manejaba a los hombres como si fueran niños a transformarse en un jugador de otra dimensión. La sensación de superioridad de la que hablaba antes se pulió de tal manera que, junto a Kobe Bryant, formó una de las parejas más gloriosas de todos los tiempos. Tres anillos de la NBA con uno de los equipos más lustrosos. Shaq ya era una leyenda. Pero quería más…

La dupla atómica de los Lakers se disolvió por lo que suelen hacerlo: los egos. Un choque planetario que mandó a Shaq de nuevo a Florida. Esta vez fueron los Heat los que le recibieron con los brazos abiertos. Junto con Wade construyó un dúo sorprendentemente eficaz y maravilloso. Triunfador cuando nadie se le esperaba. Ya no era tan apabullante pero sí muy eficaz en juego (nunca desde la línea de los tiros libres). Un Shaq más maduro y cuajado puso en práctica las enseñanzas aprendidas y las supo aplicar.

Shaquille O´Neal triunfaba como hombre que “maneja” a sus contemporáneos. Junto a él crecieron dos superestrellas actuales y su modelo fue imitado por otros con cuerpos igual de privilegiados que el suyo. Shaq se fue apagando poco a poco. Ya no devoraba como lo hacía antes. Daba igual. Era el hombre que había transformado el puesto de pívot de final de siglo.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 28.04.2012 09:05

Allen Iverson

Cuando Michael Jordan se había marchado, cuando Kobe aún no era la megaestrella que es y cuando la NBA sufría un vacío extremo de una figura líder a nivel global, apareció él. Un juego descarado, un estilo impactante y una actitud combativa. Un hombre que aglutinaba el final de un siglo y el comienzo de otro. Allen Iverson aterrizó en nuestros corazones en el 96. En 2001 era el dueño de ellos y de la NBA. Un tsunami en todos los campos. Crear tendencia en el baloncesto y en la moda. Allen Iverson.

Despertando filias y fobias por igual, lo único real es que fue una estrella con una luz casi cegadora hasta para él mismo. Un hombre que sostuvo sobre sus hombres el peso de la competición deportiva más importante del mundo. Para bien o para mal pero Iverson fue la base primordial para la expansión global de la marca NBA. Mucho antes ya habían iniciado el camino las grandes leyendas de los ochenta y el Dream Team, pero cuando la NBA decidió abrirse más aún al mundo, Iverson estuvo ahí para dejarnos los ojos como platos con su juego y su estilo. Ha sido (y es ) odiado por todo lo que hizo en la cancha, no caía bien, no gustaba cómo vestía, etc.. Pero siempre estuvo ahí. Él solito provocó una transformación en el baloncesto americano. Todos los aficionados a la NBA nos hemos comprado unos pantalones para el basket. Eso sí, más anchos de lo que nuestra talla dicta. A lo mejor muchos los llevan porque se los han visto a otros jugadores pero os puedo asegurar que esos jugadores se los vieron a él primero. Alguno se ha probado una cinta de pelo pero a pocos les queda tan bien como a Iverson. También hemos probado a hacer un “crossover” con la naturalidad con la que los hacía él. Nadie lo controlará como Iverson. Nos hemos “tirado hasta las zapatillas” creyendo que las vamos a meter todas. Ni de lejos. Yo tengo un shooter arm sleeve (para los que no lo sepan, es esa especie de calcetín para el codo que luce, por ejemplo, Ray Allen o Carmelo Anthony).

Su carrera se parece a la del grupo Oasis: explosiva e impactante en sus comienzos, pero negativa y autodestructiva en su final. Ha pasado de ser un ídolo celestial a una parodia de sí mismo. Iverson cogió de la mano a una plantilla normalita como la de los Sixers de la temporada 2000/2001 hasta las Finales de la NBA. Él solito… con su pelo y con su look. Con su juego y su liderazgo. Larry Brown fue el único que le entendió y le medio domesticó. Vimos al mejor Iversn junto a él. Un jugador tremendo capaz de ganar a cualquiera con el apoyo de su cinta de pelo y sus tatuajes. Un jugador capaz de soportar un combate frente a los Lakers todopoderosos de inicio de siglo. Rompió la cintura a Jordan y al que se le puso por delante. Anotó canastas de todos los colores y sabores… frente a quien fuera.

Una figura impactante que brilló hasta que su cabeza, su cuerpo y la NBA le dejaron. La sensación que queda es que el propio Iverson fue el que pulsó el botón de autodestrucción y nadie le dijo que no lo hiciera. Tampoco le hubiera escuchado, Iverson siempre fue un alma libre.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 20.04.2012 12:32

Jerry West

¿Cuáles fueron sus inicios?

Jerry Alan West nació en Chelyan (West Virginia) el 28 de mayo de 1938 como el quinto de los seis hijos de una familia humilde y trabajadora. Su infancia no fue sencilla y a su carácter introvertido se unió una salud frágil que le obligaba a mantenerse alejado de las prácticas deportivas de equipo. Por esta razón pasaba horas y horas tirando obsesivamente desde todas las posiciones posibles en la canasta de un vecino, sin preocuparse por la nieve, la lluvia o el frío. Durante sus años en el instituto East Bank, West se desarrolló físicamente y como jugador. Poco a poco se ganó el puesto de titular y en su último año (1956) guió al equipo al título estatal, siendo nombrado All-American y promediando más de 32 puntos por partido. La Universidad de West Virginia fue su siguiente destino. En sus cuatro años allí, West promedió más de 24 puntos, fue elegido dos veces All-American y llevó a los Mountaineers hasta la final de la NCAA de 1959, donde cayeron derrotados frente a la Universidad de California. Un año después, en 1960, West lideraría junto a Oscar Robertson a la selección estadounidense que consiguió el oro en los Juegos Olímpicos de Roma.

¿Quién fue en la NBA?

Justo antes de que la franquicia se mudara a Los Ángeles, los Minneapolis Lakers seleccionaron a West en la segunda posición del Draft de 1960 después de que los Cincinnati Royals eligieran a Robertson como número uno. El joven jugador se adaptó rápidamente a California y al equipo, donde Elgin Baylor lideraba el juego interior. Entre los dos llevaron a un equipo hasta entonces perdedor hasta la final de la Conferencia Oeste, donde fueron derrotados por los St. Louis Hawks en lo que suponía el final de la impactante primera temporada de West. Los Boston Celtics estaban a punto de convertirse en la gran pesadilla del base/escolta, evitando, final tras final, que el equipo angelino consiguiera el ansiado anillo. Hasta seis finales disputaría y perdería el equipo angelino en la década de los 60 –cinco frente a los Celtics y una contra los New York Knicks– para mayor desgracia de un Jerry West que se tenía que conformar sumando reconocimientos individuales gracias a su gran producción anotadora, como prueban sus 14 presencias en el All Star. Si algo caracterizó la carrera de West fue su capacidad de sobreponerse a las adversidades –hasta nueve veces le partieron la nariz– y crecerse en los momentos decisivos con promedios de anotación escandalosos en los Playoffs, como el que le valió para ser elegido el primer MVP de las Finales de 1969 pese a pertenecer al equipo derrotado. Ese mismo año Alan Siegel crearía el actual logo de la NBA basándose en una imagen de West botando elegantemente el balón. Desde 1971 hasta hoy, la silueta de West es la imagen más reconocible de la NBA.

En 1972, con 33 años y valorando ya una posible la retirada, West y sus Lakers firmarían una de las temporadas más memorables de la historia (81-16), encadenando 33 victorias consecutivas y derrotando con claridad en la final a los Knicks. La espera de los Lakers había terminado al fin gracias principalmente a la aportación del jugador de Chelyan y de otra leyenda incontestable como Wilt Chamberlain.

West aún jugaría y perdería una final más contra los Knics en 1973 antes de retirarse definitivamente un año después con 25.192 puntos acumulados en un total de 932 partidos. “Mr. Clutch”, como se le conocía por su capacidad para anotar canastas ganadoras en los últimos segundos y desde cualquier posición, había entrado por derecho propio en el club de los más grandes.

¿Dónde está ahora?

West regresó a los Lakers como entrenador en 1976 y permaneció en ese cargo durante tres temporadas en las que el equipo consiguió retornar a los Playoffs. Tras una etapa como ojeador, West se convirtió en manager general el equipo angelino en 1982, siendo pieza fundamental de los éxitos que en esa década acumularía el equipo con Magic Johnson como gran estrella y de la reconstrucción que devolvería la gloria a la franquicia en los 90 con Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. En 2002 West asumiría un nuevo desafío al convertirse en presidente de operaciones de los Memphis Grizzlies. Miembro del Hall of Fame desde 1979 y considerado uno de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA, West ejerce actualmente como consultor externo de los Golden State Warriors.

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Fecha | 11.04.2012 11:28

Bad Boys

Para ganar hay que ser el mejor en lo tuyo. Dentro de una disciplina residen muchos estilos. No hay ninguno que sea el mejor ni el peor. Son diferentes. Nadie es poseedor de la verdad absoluta. Lo único claro aquí es que si dominas tu estilo, vas hasta el final con todas las consecuencias con él y te conviertes en su mejor practicante, tu camino hasta el triunfo se acorta. En la historia de la NBA ha habido equipos representantes de diversas maneras de entender el juego: los vistosos Lakers del “Showtime”, los Bulls “triangulares” de Jordan y Phil Jackson, los Celtics de Bird, etc… Triunfadores con anillo. Equipos que abrazaban una idea. Como los Pistons de Chuck Daly.

Quizá el estilo de los “Bad Boys” no fuera el más atractivo para el espectador ni tampoco el más agradable para los contrarios pero fue una forma de entender el baloncesto que ganó campeonatos. Así de sencillo. Pegaban, mordían, encendían a los fans rivales, secaban a la estrella contraria, desquiciaban a todos. Pero ganaban. El anillo nunca justifica los medios. Y los Pistons, los “Bad Boys”, parecía que defendían todo lo contrario. Con el paso de los años, se ha ido olvidando que aquellos Pistons jugaban un baloncesto práctico, sin estridencias y basado en el “menos es más” que tan buenos resultados ha proporcionado a aquellos que han seguido ese lema. Luego, eso sí, hay que sumarle una actitud baloncestística dura y rozando la pelea de bar…

El estilo “bad boy” logró reinar en la NBA entre los Lakers de Magic, los Celtics de Bird y los todavía no campeones Bulls de Jordan. De hecho, fueron los Pistons los que ganaron a esos equipos. Al menos una vez triunfaron ante todos ellos. Frente a Magic perdieron unas Finales, las primeras, pero luego triunfaron en L.A. Por el camino aprendieron a sufrir. Los Celtics les negaron la gloria. Comprendieron. Los Lakers hicieron lo mismo. Asimilaron los errores. Los resolvieron. Se merendaron a los Celtics y a los Lakers. Campeones en 1989 y en 1990. Daly logró crear el antídoto para frenar los síntomas del “showtime”, del orgullo Celtic y de la explosión inicial de Jordan. Un antídoto amargo para casi todos. Efectivo al cien por cien.

Un estilo no alcanza la gloria si no se cree en él, si no posees la fe necesaria y los elementos adecuados para llevarlo a cabo. Un baloncesto inteligente, duro y que maneje los intangibles. Necesitas a una leyenda para darle un toque especial. Unos secundarios brillantes disfrazados de rocas, buen ojo en los traspasos y en las elecciones del draft. Pero siempre con tu estilo por encima de todo y de todos. Con él hasta el final del camino. Las decisiones que tomaron los Pistons siempre fueron orientadas hacia ese estilo “bad boy”. Dureza y un baloncesto práctico. Lo sencillo es, en muchas ocasiones, lo más acertado. Daly sabía que por esa senda llegaría algo importante. Thomas fue el ejecutor de sus decisiones. También el fantasista que proporcionaba esa genialidad que persiguen los equipos ganadores. Dumars era el base que maneja los ritmos. Rodman, el rebote y la defensa. Laimbeer y compañía. Un equipo construido sobre una idea y un estilo que fue capaz de ganar a todos los equipos de leyenda que provocaron la explosión mundial de la NBA . Ganó a Lakers y Celtics en su esplendor, a los Bulls en sus comienzos prometedores, a los Blazers que llamaron muchas veces al anillo pero que nunca encontraron respuesta… a todos cuando eran todos. Por eso digo que los “bad boys” no serían tan malos

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 02.04.2012 15:33

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