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Un astronauta

El baloncesto de la década de los ochenta tiene a Larry Bird y a Magic Johnson como los dos estandartes de aquel esplendor que maravilló al mundo y le hizo caer en los brazos de la mejor liga de baloncesto del mundo. Tanto brillo desprendían estas dos figuras que el resto de sus contemporáneos parecen estar en la oscuridad. Sin embargo, gente como Clyde Drexler, Patt Ewing o Dominique Wilkins atesoraban una calidad cercana a la de Bird y Johnson. Ese “casi” les quitaba portadas de revistas pero no cariño en sus corazones. Eran unos secundarios en estrellato pero con alma de actores principales.

Dominique Wilkins era, de largo, el más explosivo de todos ellos. Un físico adelantado a su época. Con la altura suficiente para jugar por fuera con rapidez y lugar con los más grandes en la pintura. Buscaba el aro como un rayo. Sus condiciones físicas eran excepcionales. Hubiera dominado la liga de no haber acompañado durante una década a los Bird y Magic y al joven Michael Jordan.

Si repasan algunos vídeos de Wilkins pueden comprobar que realizaba movimientos que resultan muy familiares para las jóvenes generaciones. Saltos y giros del siglo XXI pero en los ochenta. Muchas de las estrellas de los últimos años noventa imitaban movimientos suyos. Se habían criado con él. Un modelo para estrellas. Un estilo. Así de sencillo. Un adelantado con una confianza de acero. Nunca negó un combate baloncestístico. El rival no le intimidaba. En una entrevista llegó a afirmar, en tono de broma eso sí, que se sentía como una estrella de cine desde los catorce años.

Nunca ganó un anillo. Siempre se cruzaban equipos que doblegaban su juego. No tuvo una plantilla lo suficientemente eficaz para pelear con Boston Celtics y Detroit Pistons en el Este. Estaba ahí pero nada más. Le faltó eso. Otra vez, el destino y la coincidencia en el espacio-tiempo le arrebataba la gloria. La persiguió con ahínco durante varias temporadas pero su voluntad se quebró a la misma velocidad que iba perdiendo facultades físicas. Su compresión del juego fue creciendo pero nunca fue suficiente, siempre se cruzaba alguien en su camino. De haber estado en la liga ocho años antes…

Tras su declive en la NBA probó suerte en Europa donde todavía tenía suficiente cuerpo para dominar. En Grecia ganó mucho dinero y muchos partidos. Una estrella que se iba a apagando. Una hoja de servicio brillante: ganador de concurso de mates, All-Star varias veces, uno de los cincuenta mejores jugadores de la historia de la NBA… un embajador de la liga y un apóstol de lo que significaba la mejor competición de baloncesto del mundo. Nuestros ojos aún se quedan como platos al ver sus duelos con Jordan, sus rectificados, y su fuerza. Simplemente imaginen lo que significó el poderío de Blake Griffin hace dos temporadas. ¿Bien? Pues ahora retrocedan 25 años en el tiempo. Ahí lo tienen… Dominique Wilkins.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 17.08.2012 18:05

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