Los Angeles Lakers

Amarillo y negro, muy negro

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Kobe Bryant./ Getty Images

Tan desolador que apena. Ver a una franquicia histórica como son Los Angeles Lakers en horas bajas, seas o no seguidor del equipo, crea un sentimiento de tristeza elevado. Dudo que haya persona en prácticamente todo el mundo que no conozca el nombre de los Lakers. El Staples Center es lugar de peregrinación para cualquier amante del baloncesto. Y el aura que desprende el parqué en las noches que juegan los californianos en casa ha pasado de ser un placer a un suplicio. Así se plantea la temporada de los Lakers, sumida en el fracaso incluso antes del pistoletazo de salida.

No es fácil encontrar algún resquicio de esperanza en este mar de dudas. El gen competitivo de Kobe Bryant será una de las pocas cosas capaces de evitarles el ridículo cada noche. Eso y la ilusión, ganas y talento de un joven como Julius Randle dispuesto a brillar con luz propia pero como una bombilla de bajo consumo, encendiéndose poco a poco para alumbrar más. El resto, poco y flojo. Sin demasiados cambios respecto a la pasada campaña. Las camisetas ya no lucen tan brillantes. El amarillo (dorado para los más puristas) se ha palidecido con solo ver la plantilla que presentaron en el training camp. Nick Young, tan anárquico como irregular, acabó siendo el principal estilete la pasada campaña, pero ahora ocupa la misma posición que Kobe. ¿Y cómo consigue coordinarles en la pista Byron Scott? Se lo ponen difícil, pero al menos le han dado tiempo. Precisamente lo que le falta a Bryant en el ocaso de su carrera.

Lejos de sorprender en el mercado de agentes libres, la contratación estrella ha sido Carlos Boozer y apostaron por él sin querer. Y la llegada de Jermy Lin arrojará un buen número de camisetas vendidas en Asia, pero a nivel deportivo es duro de digerir. Error de planificación tremendo. Y ahí la culpa no ha sido de Mike D’Antoni -que no ha sido un santo tampoco- o de la indolencia de los jugadores en la pista. Viene de arriba, de quien manda, como los errores estructurales.

Mal momento para una franquicia cuya idiosincrasia está basada en la palabra ganar, en la acción de ganar y en el verbo ganar. Y aunque pudieran hacerlo, tampoco sería la mejor decisión con vistas al futuro. Un transatlántico en horas bajas que busca reinventarse, pero el camino seguido hasta ahora ha sido un fracaso. Toca dar un cambio radical y debe ser cuanto antes. Por lo pronto, no se puede pelear contra el destino. Lo de este año es ya una batalla perdida.

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