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Dallas exhibe el verdadero brillo

La conjura de los Mavs antes del partido./Getty

Diez minutos del primer cuarto. Aún es pronto y el marcador está igualado, 22-23. Una posesión de Dallas Mavericks culmina con canasta en la pintura de Jason Terry, tras no menos de diez pases entre todos sus compañeros, con el balón sin tocar el parquet, a toda velocidad entre jugadores abiertos jugando casi a las cuatro esquinas impidiendo así excesivas defensas de ayudas dos contra uno, obligando a recordar a Spoelstra el 13/19 en triples de los Mavs en el quinto partido.

Jugada siguiente. Turno para Miami Heat. El ataque tiene jerarquía pero los detalles para ejecutarlo no aparecen; Wade le pasa el balón a LeBron, más allá de la línea de tres puntos. Los otros tres jugadores quietos, inmóviles, sabiendo que difícilmente participarán. Lebron se la devuelve a Wade. Ni siquiera penetran. A la cuarta devolución es James el que lanza. Falla. Había comenzado muy bien el partido, con 9 puntos consecutivos, pero con las rotaciones tan mecanizadas que tutelan un partido de NBA hasta las mejores rachas son difíciles de mantener.

Solo son dos posesiones en el océano de lo que ha sido una magnífica final NBA, brillante corolario de unas series de playoffs en general espectaculares, pero al ser consecutivas resultan suficientemente ilustrativas y paradigmáticas de las virtudes y estilo de los dos equipos. Miami ha vivido toda la temporada de la calidad individual de su celebérrimo trío. Suficiente para recibir toda la atención mediática disponible, para obtener una buena posición en la regular season y también para, con buena defensa e inspiradas y demoledoras ráfagas en ataque, liquidar a Boston y Chicago. No es poca cosa y ha de ser reconocido, sobre todo tras ser la primera temporada de un equipo prácticamente nuevo y al que todos augurábamos problemas de egos y de reparto de tiros.

Pero Miami hoy día carece de una virtud imprescindible: no son un equipo. Inconcebible ver a Eddie House como primera opción ofensiva en los momentos calientes. Una cosa es un lujoso catálogo y otra una colección bien encuadernada. Dallas Mavericks ofrece una estupenda mezcla: calidad, solidaridad, conocimiento del juego y un entrenador muy criticado pero que ha demostrado saber tocar las piezas cuando era necesario, como la inclusión de JJ Barea en el cinco inicial (tres partidos titular el boriqua, tres victorias). Dirk Nowitzki, MVP de las finales, como líder del equipo, poniendo en evidencia una vez aquello del carácter, pero no como única referencia. Kidd agarrado a su mente con la que gobernó la Liga durante años. Jason Terry y su descarada ambición para ser todo un veterano, con la final de 2006 entre ceja y ceja. Chandler por fin siendo un pivot de élite. Marion poniendo su físico al servicio del bien común. Stevenson. Stojakovic en momentos puntuales. Cuban y su desmedida pero imprescindible apuesta por el basket. Enhorabuena.

Si no hay lockout, la próxima temporada Miami Heat tendrá una nueva oportunidad. Para llegar a los 6, 7 u 8 anillos prometidos han de ponerse ya a la tarea. Hablemos en serio. LeBron James es un magnífico jugador de basket. O mejor dicho, un enorme talento potencial para este deporte. Aún tiene 26 años. Por ello, si de verdad quiere que las palabras y el show vayan parejas a lo que se ve en la cancha, quizá debería olvidarse de llamar a universitarios presentándose como “El Rey”, y de reirse de la estrella del equipo rival que, además, te está dando una lección partido tras partido. Si no es capaz por sí mismo alguien tiene que impedirle vomitar declaraciones como estas (ayer tras el partido): “At the end of the day, all of the people that want to see me fail will wake up tomorrow and have the same life, the same problems. And I’m going to continue to live the way I want to live and continue to do the things I want to do”. Su carrera necesita enfocar de verdad el basket, el juego en su aspecto más puro y primitivo y alejarse un poco del negocio. Analizar por qué en los últimos cuartos de casi todos los partidos su influencia ha desaparecido, y revisar con calma esta demoledora estadística: con Lebron en pista, +36 Dallas; sin él, +22 Miami. En los 6 partidos. Es el baloncesto, estúpido.

@dcana

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Fecha | 13.06.2011 13:14

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