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Derrick Rose y Chicago Bulls: crónica de un divorcio necesario

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Derrick Rose se defiende de las acusaciones de violación

“Gran jugador, gran compañero, gran hijo de Chicago”, así han despedido los Chicago Bulls a Derrick Rose, su último hijo pródigo. Una relación que ha durado ocho temporadas, pero cuyos mimbres se tejieron el 4 de octubre de 1988 en un suburbio marginal de la Ciudad del Viento: Englewood.

Impactado por la figura de Michael Jordan, allí se crió un hincha más de los Bulls. Un jugador que se formó en sus pistas callejeras y en su prestigiosa Simeon Career Academy a la que llevó a alzarse con el título estatal durante dos años consecutivos (algo nunca visto en Illinois hasta el momento). En la Universidad de Memphis corroboró el gran proyecto de jugador al que apuntaba y los Bulls hicieron su parte: ser el peor equipo de la temporada 2007-08 y tener así más posibilidades de elegir a la mayor promesa del Draft de 2008. Una clase en la que había otros ilustres alumnos como Russell Westbrook, Kevin Love, DeAndre Jordan o Michael Beasley, entre otros. Pero para la franquicia de Chicago sólo había un nombre en la lista: el de Derrick Rose.

David Stern pronunció su nombre en primer lugar y se convirtió en el narrador de la primera página de un matrimonio que invitaba a pensar en un éxito inmediato. El rookie del año que logró fue la primera señal de que todo marchaba según lo previsto y su nominación como All-Star en su temporada de Sophomore la confirmación de que los Bulls tenían un diamante por pulir entre sus filas. Lo que nadie sospechaba era que en una liga dominada por LeBron James, Kobre Bryant, Kevin Durant y San Antonio Spurs, iba a emerger como MVP un base de 1.90 que pasaba más tiempo rectificando bandejas imposibles en el aire que a ras de suelo.

Sin embargo, con una madurez impropia, Rose aceptó el título avisando: “mi objetivo es traer un anillo a esta ciudad”. Sólo Michael Jordan había levantado este galardón individual con la camiseta de los Bulls. El cuento de hadas marchaba viento en popa hasta que Miami Heat y las lesiones se interpusieron. Una consecución de infortunios que supusieron la primera brecha importante en la relación, puesto que el base comenzó a desconfiar del cuerpo médico de la franquicia.

Pero la gente seguía de su lado. Al menos hasta que irrumpió con fuerza Jimmy Butler y Rose mostró sus dudas a la hora de forzar durante la disputa de los Playoffs de 2013. Había recibido el alta en el mes de marzo, pero aseguró no encontrarse mentalmente preparado. Aseguró que hasta no encontrarse al 110% no volvería a la pista y esos comentarios fueron el detonante para que sus aficionados dudasen de él. Una afición que si por algo se caracteriza es porque aplaude la entrega. No hay que olvidar la presión que ejercieron para que se renovase a Joakim Noah, imposibilitando la llegada de Carmelo Anthony.

La memoria es corta en estos casos y los mismos aficionados que soñaban con el anillo gracias a Rose años atrás, se sintieron traicionados. Más cuando advirtió que estudiaría la posibilidad de aventurarse al mercado de agentes libres, a pesar del cuantioso contrato que Chicago le había firmado años atrás. Ahí se equivocó y ya no había manera posible de volver atrás. No se equivocó porque esta maniobra no sea común en la mayoría de los jugadores NBA (el último ejemplo es Kevin Durant) para aumentar su valor, sino porque no es algo a lo que acostumbrase un jugador con la humildad que había atesorado durante toda su carrera. Y eso hizo que sus defensores cada vez fueran más escasos. Unas declaraciones lícitas, pero que chocaban con el Rose que jugó con úlceras de estómago, con una gripe que le imposibilitaba cruzar más de tres palabras seguidas con los medios o con el respeto mostrado a los miembros de la organización y a los periodistas que hemos tenido la fortuna de trabajar con él. Una superestrella humilde, lo que no es fácil encontrar en el deporte profesional de hoy en día, que siempre había demostrado su compromiso para estar al servicio del equipo.

Con su traspaso la franquicia seis veces campeona de la NBA acaba con un dilema que se ha ido prolongando y acentuando en las últimas temporadas. Derrick Rose y Chicago Bulls separan sus caminos con la eterna duda de si el un día mejor jugador de la liga recuperará el nivel físico de antaño. Si lo hace, los Bulls habrán reforzado a un rival directo de la Conferencia Este. Si no, comenzará la cuenta atrás para el día que ambas partes quieran volver a mirar atrás, volver a quererse y a escenificar una reconciliación que supondrá que su dorsal ondeé en lo más alto del United Center porque consiguió lo que sólo Jordan había logrado. Devolver una ilusión perdida a una de las franquicias con mayor esencia y tradición del campeonato.

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