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Dexter Pittman, o la eterna pieza restante del puzzle

Dexter Pittman./ Getty

Y eso es lo que voy a hacer. Seguir, seguir y jamás desistir”.

Dexter Pittman no podía evitar que sus ojos se humedecieran mientras respondía al periodista de Associated Press. El sudor caía de su frente, pero lo que empapaban mejillas y boca eran lágrimas valientes, que se habían sublevado a la tiranía de su mirada fría y dura. Aunque al principio perdida, de vez en cuando se había fijado en el reportero, que tragaba saliva ante la fuerza emotiva de lo que veía. Pittman acababa de jugar un mero partido de entrenamiento con los Miami Heat, pero la pregunta había abierto una herida muy reciente.

Nació el dos de marzo del año 1988 en Rosenberg, perteneciente al estado blanco por antonomasia de los Estados Unidos de América: Texas. Su complexión robusta le hizo ganarse un hueco en el equipo de baloncesto del instituto local, y como nunca había tenido ni querido nada, se esforzó al máximo para hacerse un nombre en el deporte, creó un sueño y creyó en la posibilidad de convertirlo en realidad. En su casa recibía un apoyo necesario entre tanta mirada obsoleta, fuera de inventario en pleno siglo XXI, que le era dirigida en calles y pasillos de instituto. Acudió al Benjamin Franklin Terry High School y promedió 15 puntos y 8,5 rebotes por partido, erigiéndose como el decimosexto mejor proyecto de jugador de instituto en una lista de 150 nombres. La holgada situación económica de la familia le permitió rechazar becas de Arizona State y Texas A&M para quedarse lo más cerca posible de casa y asistir a Texas University, para jugar con los Longhorns de, por aquel entonces, Kevin Durant y DJ Augustine.

Su madre le había intentado mantener fuera de los problemas que Katy, el condado en el que vivían, encerraba para los jóvenes desengañados con la vida. Era una pequeña urbanización a las afueras de Houston, y aunque a priori no representaba ningún barrio conflictivo, varias bandas predominantemente afroamericanas e hispanas habían ido adquiriendo poder entre los jóvenes del lugar. Y el hecho de que llegase a la universidad era todo un logro. Dexter tuvo poco contacto con su padre biológico, pero el nuevo marido de su madre le había acogido como un hijo, y él le respondía como a un progenitor.

Dexter Pittman./ Getty

Cuando Pittman fue reclutado por la Universidad de Texas pesaba 174 kilogramos. La que había sido su principal baza en el juego para destacar, en aquellas instancias de su carrera baloncestística era todo un obstáculo; y más adelante supondría una barrera imposible de sortear. Se puso a las órdenes de Todd Wright, nutricionista y entrenador físico de los Texas Longhorns, y consiguió bajar nueve kilos, aunque seguía estando demasiado gordo para rendir a un nivel adecuado en la NCAA. En sus primeros dos años sirvió de entrenamiento para los pívots titulares, jugando únicamente un partido como titular y promediando tres puntos por noche en poco más de siete minutos de media.

Su caso era especialmente difícil y, debido a su sueño, cruel. Con una grasa corporal de más del 30%, el peso era algo más genético que coyuntural; en ese respecto, no había podido hacer nada con las cartas del destino. Pittman estuvo a punto de desistir y volver a su casa, a estudiar algún grado que le ayudase a tener una vida digna. Su altura, rondando los dos metros y diez centímetros, no era suficiente en la balanza, y a menudo debía quedarse al margen mientras sus compañeros realizaban ejercicios de entrenamiento por no poder arriesgarse a sufrir una lesión duradera. Sus rodillas y su espalda sufrían a cada movimiento de específicas prácticas. Pero lo harían más en el futuro.

Estaba entre la espada y la pared: seguir con su carrera baloncestística realizando esfuerzos sobrehumanos o volver a casa, con el rabo entre las piernas y la dignidad caída en una indigna batalla. No sólo no eligió la segunda opción, sino que se pasó el verano de 2008 en el campus universitario ejercitándose. Planificó un plan de entrenamientos junto a Todd Wright y se puso manos a la obra.

Dexter Pittman se convirtió en aquella figura fugaz que algunos pocos valientes estudiantes veían a tan tempranas horas de la mañana. En la sombra que asustaba a los fiesteros que volvían a la residencia tras una noche casi sin fin. Comenzaba todas las mañanas a las 5:30 de lunes a sábado y terminaba según el día y el plan. Antes de cada comida llamaba a Todd para evaluar su elección de menú y si este era el adecuado o no. Como posteriormente admitiría a un medio local, “los entrenamientos eran tan duros que a veces caía de rodillas, comenzaba a llorar y me decía a mí mismo si aquello merecía realmente la pena”.

Para el equipo, al menos, sí. Pittman se presentó al primer entrenamiento pesando 140 kilos, lo que suponía una bajada de 34 kilos con respecto al momento en el que fue ojeado por los Longhorns. Por su contexto y por la lógica general, se convirtió en un ídolo para muchos adolescentes con problemas de peso, e incluso fue elogiado a nivel nacional por Charles Barkley, experto en esos menesteres de tener equipaje de más. Pittman realizó una gran temporada junior promediando 10 puntos y 5’5 rebotes.

Dexter Pittman./ GettyA pesar de sus movimientos en el poste y su buen juego de pies, su escasez de centímetros, la falta de explosividad y su condición física, como si de Cibeles se tratara, le mantuvieron alejado del draft de 2009, por lo que decidió seguir un año más y cumplir su temporada senior en la universidad. Ese curso promedió 10’4 puntos y 5’9 rebotes en sólo 19 minutos por contienda, mejorando incluso más su forma física y llamando, de esta manera, la atención de varios ojeadores de la liga.

Esta vez, su nombre sí aparecía entre los sesenta bendecidos. Medios europeos se hacían eco de su calidad y de la posibilidad de que recalara en algún equipo del viejo continente de no hacer realidad el sueño en el que tanto sudor había empeñado. Sin embargo, Pittman decidió ser fiel a su prodigiosa ética de trabajo, y dio lo mejor de sí mismo en los entrenamientos de las franquicias que se habían interesado en él. Celtics, Heat, Wolves, Blazers, Lakers, Thunder y Milwaukee Bucks habían acordado workouts con él. Estaba mejor que nunca y quería demostrarse a sí mismo que era capaz de hacer cualquier cosa que se propusiese.

El 21 de mayo de este mismo año se encontraba en Chicago en el Draft Combine, una reunión de los mejores jugadores universitarios del país en el que los GM interesados realizan entrevistas con el fin de determinar la personalidad, inteligencia y otras características influyentes del juego de los objetivos. Sin embargo, tuvo que marcharse urgentemente sin dar explicación alguna, pues la situación así lo requería. Cuando los analistas y directivos presentes fueron informados, asintieron sin otra respuesta posible y confiaron en la recuperación del chaval.

Su madre Selma había fallado. Lejos estaba de ser la culpable de lo sucedido, pero así se vería ella misma. Había sido la que había llamado a Dexter en la madrugada del jueves, cuando el viernes comenzaba la reunión del Draft Combine. Al ver quién realizaba la llamada, tuvo que levantarse y contestar.

Cuando me enteré de la noticia estaba en un agujero, no tenía ganas de hacer absolutamente nada”. Nadie le podría haber culpado de renunciar a su sueño: su hermanastro menor, Darius Johnson, acababa de ser encontrado muerto con una bala en la cabeza, sentado en una silla en el garaje de su vivienda.

Aún a día de hoy, más de un año después, el departamento de policía del Condado de Harris sigue investigando el homicidio. Una vez confirmado ser tal delito y no un suicidio, otra hipótesis factible en un primer momento, todo indica a un asesinato a sangre fría. Darius no se encontraba maniatado, pero no pareció defenderse en ningún momento y el estilo hace indicar a una ejecución. Cerca de allí, unos días más tarde, murió otro joven de 18 años de manera similar. Darius sólo tenía 15.

El representante de Dexter maldecía lo ocurrido. “Sé cuánto se ha esforzado Dex y su madre para mantener alejado de los problemas a Darius. Me siento muy mal por él. Ha tenido que eludir mil obstáculos para llegar a donde está hoy, trabajando duro para conseguir la mejor forma física de su vida, y ahora le ocurre esto”. Mark Bartelstein se mantuvo cerca de la familia para ofrecer toda la ayuda que pudiese brindar.

Dexter Pittman./ Getty La respuesta que daba Dexter Pittman al periodista de Associated Press estaba estrechamente vinculada a las lágrimas que brotaban de sus inocentes ojos. “Todo esto es realmente duro, pero creo que es lo que él habría querido que hiciera, y sé que mi sueño lo hago también por él” decía algo más sereno. “Puede que cualquier otro hubiese renunciado o se hubiese rendido, pero voy a seguir duro y estoy seguro de que esto será una bendición entre una tragedia tan grande”. Cerraba con una frase concisa que, dependiendo de la óptica con la que sea mirado, resultaría más o menos obvia. “Soy una persona muy fuerte”. “Trabajé muy duro por esto, y obtendré mi premio”.

Lo obtuvo la noche del 24 de junio, cuando David Stern dijo su nombre en la trigésimo segunda posición del sorteo universitario, siendo elegido por los Miami Heat.

Tras una primera temporada en la que no vio acción NBA, su año sophomore está siendo más gratificante, con 20 partidos disputados y topes de 15 minutos, 10 puntos y 6 rebotes. Todo esto pesando 129 kilogramos y ayudando al maltrecho juego interior de uno de los candidatos al anillo.

Y eso es lo que voy a hacer. Seguir y seguir y jamás desistir“.

@MoralesJAlmeida

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Fecha | 09.03.2012 13:51

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