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El tránsito de James

Los fans incondicionales son para toda la vida, y los acérrimos detractores también. A quien caes mal, pues le caes mal hagas lo que hagas y por más que te esfuerces, es una tendencia imposible de invertir. Eso le pasa y le pasará a LeBron James. No ha nacido con el don de ser querido y admirado por todo el mundo, como otros que nos vienen a la mente, a los que aprecian casi tanto los rivales como los suyos. Mucha gente en Cleveland no le puede ni ver, con todo lo que allí dejó; cuando se vaya de Miami, quizás habrá hasta quien reniegue de él, muy a pesar de que hoy todos allí le adoran y veneran. Pero no, no creo que a él le digan nunca aquello de “LeBron de mi vida”. Como que no le pega, ¿verdad?

Pero animosidades personales aparte, lo que ya nadie le puede negar ni rebatir a Mr James es que es el mejor jugador de baloncesto del mundo a día de hoy. Lo que le faltaba por conseguir y demostrar –o decían, o decíamos que le faltaba- lo ha conseguido y demostrado con creces. Su primer anillo, después de nueve años como profesional, tres MVPs de temporada y tres finales. Su capacidad de ser el alma y catalizador de un equipo merecida y, al final, sobradamente campeón.

Claro que no lo ha conseguido él solo, sería injusto y además falso decir eso. Además de sus intachables prestaciones, el factor de éxito de los Heat –su principal salto de calidad con respecto a las anteriores eliminatorias- ha sido la determinación del equipo, de su entrenador, y que por fin, en cada uno de los cinco partidos, ha habido algo más que tres baluartes sosteniendo  el edificio. Si un día ha sido Battier, otro ha sido Chalmers, o en el quinto los siete triples de Miller. Juntos han sabido transformar aquella ciclotimia en energía incontenible que se ha llevado por delante a los Thunder.

LeBron James./ Getty Images

Y claro está, los faros del equipo no podían fallar. Si Wade fue el gran guía hacia el título en 2006 y se ha mantenido a gran nivel para este su segundo anillo, LeBron ha sabido asumir su papel de referente. No ha fallado, ni siquiera ha ligeramente flaqueado en ninguno de los cinco partidos. Ha ganado dos MVPs. No sólo porque se ha hecho acreedor al de las finales, de forma indiscutible, sino porque además ha  legitimado el concedido en la temporada regular, que le discutían en favor de Kevin Durant. Cara a cara con su principal outsider, ha sido nítidamente mejor.

Ya no le pueden decir nada. Cuando esté mal, que habrá estado mal. Cuando falle un tiro en los últimos cinco segundos, que ha fallado ese tiro. Puntualmente. Pero nunca ya categorizar y elevar a máxima que le tiembla el pulso, que se esconce o que no sabe jugar los grandes partidos. Eso pasó la historia. Esa carpeta con documentos comprometedores ha quedado archivada. Al menos por ahora, quizás por mucho tiempo.

Se ha quitado todos los pesos de encima, el tiempo dirá si eso le impulsa a crecer todavía más y a ver hasta dónde es capaz de llegar; o le relaja tanto que se deja ir y baja el pistón. Esas son reacciones humanas que están en la naturaleza de cada uno. Pero cualesquiera que sean los derroteros de su carrera, siempre le quedará la temporada 2012. La más corta, la más intensa, la suya.

Y seguirá cayendo bien o fatal, y me parece que seguirá sin importarle, o incluso menos todavía. Osarán compararle con el Sol o con Venus diminuto en su tránsito por delante del astro. Que por cierto, ¿qué tuvo de mágico aquel fenómeno? Desde que sucedió, el destino cambió. Para LeBron James y para Miami Heat. Felicidades campeones, a sus pies campeón.

Byenrique

byenrique.wordpress.com

@EnriquedePablo

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Fecha | 22.06.2012 17:46

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