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Gary Payton

Jugar en la calle al baloncesto es algo obligatorio. Al no tener una figura rectora que te proporcione la información para saber decidir de manera correcta, el talento se impone. La calle para que esa virtud innata salga a la luz y te ayude a elegir bien. Debería ser un paso obligatorio ya que despierta la calidad, la pule y desarrolla esa inteligencia pícara que poseen todas las personas que han vivido la calle. La universidad de la vida. Gary Payton vivió la transición de la calle a la universidad, y de ahí, a la NBA.

La chulería hecha jugador. Por cómo botaba, cómo corría, cómo tiraba, cómo ladeaba la cabeza mientras comía chicle… un poso que te dan la calle y la certeza de saberse bueno. Pero esta manera de ser en la pista no implicaba vaguería. Todos lo contrario. Para fardar hay que trabajar. Payton llevó este lema hasta el final. El descaro de la calle llevado a los pabellones de la NBA. Un jugador que enganchaba. De esos hay pocos. Un servidor se despertaba por las noches para ver a Payton. A ver qué hacía. Cómo robaba un balón y dejaba una bandeja mirando al tendido. Una chulería que enganchaba. Una manera exagerada de comer chicle durante el juego. Payton aunó esa inteligencia callejera, calidad, talento y ganas de triunfar.

Siendo el mejor jugador universitario tras su paso por Oregon State, fue elegido en 1990 en la segunda posición del draft por los Sonics. Allí pasaría el grueso de su carrera. No ganaría el anillo, pero su fama como jugador creció hasta límites insospechados. El descaro que mostraba cuando tenía la pelota y dirigía el ataque, se duplicaba a la hora de defender. “The Glove”. Un ladrón brillante. Como Brad Pitt en Ocean´s Eleven. Daba gusto verle hacer su trabajo atrás. No importaba el rival. Payton sonreía y robaba. Fue elegido mejor defensor en la temporada 95/96. El descaro de la calle al servicio de la defensa y de la victoria en la NBA. Su trayectoria en los Sonics fue brillante, pero no hubo anillo. La coincidencia en el espacio tiempo con los Bulls más dominadores de Jordan provocó que Payton y Kemp no llegarán a la gloria. George Karl había conseguido sacarle el mayor jugo a un tipo como Gary Payton. Le transformó. Un pillo reformado para triunfar.

Tras el golpe que supuso no ser campeón, Payton entró en una fase de desesperación y hambruna de títulos excesiva. Pasó a ser un problema para su equipo de toda la vida. Necesitaba cambiar. Y lo hizo, dando tumbos por varias franquicias. Incluso jugó para los Lakers formando “Los cuatro fantásticos” con Shaq, Malone y Kobe. Un experimento demasiado forzado como para ser campeón. Un nuevo traspiés. El oro del triunfo cegó parte de sus decisiones pero esa gula se sació, en parte, con dos medallas de oro en Atlanta 96 y Sidney 2000. Ese pecado capital dirigió su vida deportiva durante varias temporadas. Necesitaba el anillo. La confirmación de que su estilo, su actitud y su juego también podrían valer para ser parte de la historia. Cuando su camino en la NBA se acababa formó parte, junto con Shaq, de esos Heat campeones en 2006. Diez años después de su primera oportunidad.

La calle, la universidad de la vida, el descaro, la valentía, el ser el más listo y vivo de todos tuvo su recompensa. Payton no paró hasta ser un triunfador completo. Un ganador real. Una leyenda de la NBA en forma de guante. Un jugador que enganchaba, que ayudó a que los jóvenes volvieran a jugar con más de talento y menos de escuela. Si el cuerpo te pide algo, dáselo. Puede que , si eres lo suficientemente bueno, tengas razón. Payton la tenía.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 20.05.2012 18:17

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