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Intercambio de cromos

cromos NBA

La cultura de las ‘cards’ (lo que en España hemos conocido como ‘cromos’ toda la vida de Dios) está muy extendida y arraigada a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Todos, absolutamente todos los deportes del país de las barras y las estrellas tienen su propia colección anual. NBA, NFL, NHL, Ligas Mayores de Béisbol, WWE (sí, nuestro ‘Pressing Catch’), Nascar… hasta el concurso anual de comer hot dogs de la archiconocida cadena Nathan’s cuenta con su propia serie, de la cual conservo una estampa de Joey Chestnut a la espera de que el 4 de julio de 2012 gané por sexto año consecutivo y pueda ser firmado por él. Tal es la obsesión de los norteamericanos por los cromos que llega un momento en el que los atletas profesionales parecen perder su estructura de carne y hueso para convertirse en trozos de cartón bien tuneado en manos de sus propietarios. La NBA es un buen ejemplo de esto, y también el que nos toca más de cerca.

A estas alturas sería una pérdida de tiempo explicar en qué consiste el sistema de traspasos de la Liga, ya que hoy por hoy todo el mundo conoce su funcionamiento, y quien no siempre puede encontrarlo en cualquier otro sitio. Pero lo cierto es que el mejor símil que se le podía dar a los ‘trades’ de la NBA es el de un intercambio de cards. Así al menos lo he vivido desde mi llegada a New York. Los propietarios de sus franquicias se reúnen en el patio del colegio a la hora del recreo y, antes de que la maestra llame otra vez a todos a clase, se muestran unos a otros sus tacos de cromos. ‘Sile’, ‘sile’, ‘sile’, ‘sile’, ‘¡NOLE!’. Uno a uno se van mostrando los jugadores hasta que alguien ve alguno que no tiene en su colección o que necesita para su propio álbum y detiene el ir y venir de estampitas. Allí es cuando empieza el negocio.

Kobe Bryant./ Getty ImagesTras varios minutos, a veces tan solo segundos, de regateo, los dueños de ambas cards llegan a un acuerdo. Tal cromo vale por tal otro, o en su defecto por la suma de varios de los restantes. Y sin más, apretón de manos e intercambio. Los cromos sólo pueden mirar a sus expropietarios con cara de pena mientras cambian de amo, o con alegría si la estancia en la colección anterior fue más cercana al sufrimiento que a la gloria. No pueden decir nada, al fin y al cabo son sólo trozos de cartón (o dicho de otra forma, trozos de papel haciendo las veces de contrato). Hoy aquí y mañana allí, pero siempre forzosamente felices por no haber terminado en la basura o en un cajón olvidado.

Esta operación la hice cientos de veces en mi niñez y adolescencia como si nada. Pero llegada la madurez (lo siento pero eso de adulto me suena demasiado serio) las cosas se ven de otra forma. Sobre todo si esos cromos han llegado a empatizar contigo sólo un tercio de lo que tú lo has hecho con ellos. Mi desembarco en New York coincidió con la salida de Sergio Rodríguez de los Knicks por un intercambio de cromos en el que él no estaba involucrado pero que afectaba a sus intereses. Meses después sucedió lo mismo cuando Timmy Mozgov puso rumbo a la fuerza a Denver. El pasado verano el bueno de Andy Rautins hacía lo propio camino de Dallas y después cruzaba el Atlántico hasta aterrizar en Alicante. Y estos son sólo algunos ejemplos de algo que me ha tocado muy de cerca y que me ayuda a comprender cómo pueden sentirse otros, sobre todo los propios jugadores, cuando pasan por esa situación (magnificada por millones en su caso).

José Calderón me decía hace unas horas que esas cosas no se pueden controlar. Que hace un tiempo por estas fechas él estuvo a media hora de salir de Toronto y que ahora es titular en ese mismo equipo (y jugando buenos minutos, añado). Otros como Pau Gasol van a tener que cargar con el peso del traspaso toda la temporada y al mismo tiempo están obligados a mostrar su profesionalidad noche tras noche. Otros como Lamar Odom o Danilo Gallinari entendieron rápidamente que los galones no siempre pesan en este negocio. Otros como Dwight Howard se permiten el lujo de juguetear con la situación a sabiendas que cualquier cambio debería ser a mejor. Otros tiemblan ante la llegada del All Star Weekend y la proliferación anual de rumores. Y otros como mi compañero de fechorías desde hace casi dos años pone rumbo de vuelta a España sin poder decidir prácticamente su futuro por sí mismo. Con su marcha se baja el telón de lo que ha sido un ‘Janfri & Panfli Show’ que hubiera reventado audiencias en televisión y no me queda más que asumir su marcha con una negación de cabeza, echando desde ya de menos su casi paranoico e incesante teclear, su mirada sucia y precisa por partes iguales y las muchas, muchísimas, risas junto al que fue un guía en toda regla desde la primera semana que pisé el Garden hasta hoy, después de docenas de partidos (unos antológicos por sí mismos y otros por nuestra buena voluntad para hacer eso de ellos). Tras un insulso Nets-Raptors, el que fuera mi maestro en los States me pasaba el testigo hasta la llegada de un nuevo padawan al que mostrar de primera mano las maravillas de la NBA, con intercambio de cromos constante incluido. Nos vemos.

@AntonioGil_SOSE

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Fecha | 30.01.2012 18:55

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