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Líderes

Wade, LeBron y Bosh, los líderes de los Heat de Miami./Getty Images

La teoría dice que un grupo funciona mejor cuando se jerarquiza piramidalmente y una única persona ejerce su liderazgo con la aprobación de los demás. En un equipo de baloncesto, salvo misteriosas excepciones, ese liderazgo recae en el entrenador, pero también en un jugador que goza del respeto de toda la plantilla y, por qué no decirlo, tiene derecho para decir, hacer y deshacer mucho más que sus compañeros.

En Europa, el honor suele ser para el jugador más veterano o para un componente ligado al club durante varias temporadas. Es casi como un reconocimiento a su experiencia y a los servicios prestados. Por otra parte, en la NBA, el que manda es habitualmente el jugador franquicia, que puede ejercer el rol de líder aunque lleve dos días en el equipo. Porque él lo vale.

Pese a los escuderos de lujo que acompañaron a Michael Jordan en los Chicago Bulls o los grandes jugadores que comparten vestuario con Kobe Bryant en los Lakers, pocos se atreverían a cuestionar el liderazgo de ambos jugadores en sus respectivos equipos. Sin embargo, han existido casos de grandes plantillas con liderazgos más repartidos. Un buen ejemplo fueron los Utah Jazz de los 90, perfectamente comandados -dentro de la pista- por John Stockton como pensador y Karl Malone como ejecutor.

Sin embargo, los egos a veces pueden transformar un equipo de ensueño en una pesadilla. El propio Malone lo pudo comprobar cuando llegó a los Lakers junto a Gary Payton en 2003 en busca de un anillo que se resistiría hasta el final. Allí ya estaba Bryant, poco dispuesto a ceder un protagonismo que ya llevaba años compartiendo de mala gana con Shaquille O’Neal para mayor gloria del equipo californiano. Y la cosa no acabó bien, claro.

Tal y como sucedió en 2007, cuando Kevin Garnett y Ray Allen aterrizaron en Boston para hacer compañía a Paul Pierce, muchas dudas surgieron el verano pasado tras el anuncio de la llegada de LeBron James y Chris Bosh a Miami Heat. Dos jugadores franquicia con mayúsculas acababan de llegar al corral de Dwyane Wade, un gallo que en lugar de cresta tiene un anillo de campeón. Pensar en una guerra de egos no era nada descabellado.

Lo visto al comienzo de la campaña parecía dar la razón a quienes pronosticaban que el equipo de Florida iba a necesitar tres balones para poder satisfacer las necesidades ofensivas de su tridente y raciones extra de tila en el vestuario. Pese a los malos augurios y tras algunas fases de nerviosismo en la temporada regular, el equipo dirigido por Erik Spoelstra parece haber encontrado el equilibrio necesario en el momento de la verdad.

Wade tiene gran parte del mérito por haber sabido tirar del carro en momentos complicados y ceder protagonismo a sus compañeros cuando ha sido necesario. Su innata capacidad para anotar y su gran labor defensiva pocas veces pasan inadvertidas, pero a él parece no importarle que en ocasiones sean otros los que se lleven la gloria mientras vistan sus mismos colores. Puede que ni Bosh ni James se hayan dado cuenta aún, pero en Miami hay un gran líder y luce el número tres.

@marcrampas

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Fecha | 29.05.2011 13:53

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