Soy Leyenda

Michael Jordan

el

Michael Jordan

Si Jerry West es el logo de la NBA, ÉL es el juego…una figura sobre la que giró, gira y girará el mundo del baloncesto. Por ÉL. Su sonrisa vale un millón de dólares pero una canasta suya tiene un valor incalculable. Y que el simple hecho de meter un balón en un cesto sea un arte es por ÉL. Antes de su llegada, el baloncesto era un  buen deporte. Pero fue ÉL el  que lo transformó en lo que es hoy a nivel mediático y estético. Siempre ÉL. Todos hemos soñado con ser Él. Muchos han tratado de igualarle pero nadie lo ha conseguido (y difícilmente lo logrará).

Si queremos hablar de los anillos de la NBA que posee o de las medallas olímpicas que se ha colgado, o ser miembro del Hall of Fame de la NBA, uno de los jugadores que más minutos ha disputado entre los mejores, los puntos anotados… números y números que hablan de su grandeza. Marea leerlos y contarlos. Sin embargo, ÉL es mucho más que eso. Que un mortal se convierta en un símbolo, y no sólo de su deporte, es un paso demasiado titánico para cualquiera. Si uno piensa en la NBA y en la divinidad del baloncesto, el primer nombre que aterriza en la mente es el suyo. Cuando su momento hubo llegado, los dioses que reinaban en este deporte le rindieron pleitesía. No hace falta repetir la frase de Larry Bird en la que ÉL y Dios eran uno sobre una cancha de baloncesto. El  resto de gigantes como Magic, Isiah Thomas, Drexler, Barkley, etc… Es decir, los integrantes del mejor equipo de baloncesto de la historia cayeron ante ÉL en una y mil batallas.

En su juventud, la virtud física se anteponía sobre la mental. Sus capacidades atléticas y plásticas no se habían observado y aplaudido nunca. Teníamos ante nosotros a alguien que jugaba a algo inalcanzable para el resto. Y lo logró entre los mejores. Nadie tenía la valentía y la capacidad de botar el balón como ÉL. Nadie volaba sobre los adversarios con esa facilidad. Literal y metafóricamente. Cuando un individuo logra jugar distinto al resto es porque tiene “algo”. O ser ese “algo” en este caso . Capacidad de realizar gestas imposibles y vivirlas con normalidad. Esos primeros pasos entre los pabellones no le trajeron triunfos finales pero sí una repercusión y una transformación radical de todo lo que rodea al baloncesto. Nunca viviremos a un ser con la cualidad de avasallarnos visualmente en todas sus acciones. Los ha habido parecidos. Algunos creyeron ser superiores pero nunca, ni siquiera, se acercaron a millones de kilómetros.

Cuando la aceleración de la juventud menguó unos gramos, la inteligencia y la madurez empezaron a dominar. Sus mayores triunfos y mejores momentos llamaban a la puerta de nuestra memoria cada noche. La perfección es más complicada de alcanzar que Marte pero si los humanos y los dioses del baloncesto  le colocan en la posición más cercana de esa  perfección es porque se la ganó a pulso a través del trabajo, el sacrificio y la inteligencia supina. Una sabiduría física y mental que le dejaron en bandeja los éxitos, la gloria perpetua y la divinidad. Y ÉL lo asumió como cuando anotaba  una canasta en el último segundo para ganar un partido en las Finales de la NBA… con normalidad. ÉL sabía que era único pero este hecho nunca le apartó de su objetivo único: ser el más grande.

Retirarse del juego al que tanto había dado y que había transformado para siempre rompió en mil pedazos su corazón y el del el globo terráqueo porque desde el primer segundo que alcanzó la gloria, también triunfó en los fans de todo el mundo. Aquel 6 de octubre de 1993 fue un antes y un después en su carrera y en la historia del baloncesto. Fue un escape ante el terrible golpe de perder a su padre. Tras un tiempo alejado de lo que tanto había amado, regresó para volver al trono al que algunos creían ser dignos. Nadie lo será salvo ÉL. Con más años en las piernas, se supone que la habilidad para asombrarnos iba a desaparecer. Nada más lejos de la realidad. Encontró el camino a través de otras herramientas para seguir dejándonos con la boca abierta, el corazón excitado y la cabeza aturdida. Durante mucho tiempo.

Cuando se marchó definitivamente, el baloncesto había perdido al jugador más brillante, impactante e innovador. El juego no sería el mismo sin ÉL. Pero `por culpa de ÉL, el juego es ahora tan hermoso. Porque ÉL lo cambió para siempre. Muchos no saben quién es el inventor del baloncesto. Ni tampoco la razón por la que los Bulls reciben ese nombre. A ÉL sí le conoces. Unas zapatillas con su nombre o su figura son dos piezas de la grandeza del baloncesto. Que el baloncesto sea otro deporte por tu culpa es una de las gestas más gloriosas en el mundo del deporte pero que dos trozos de cuero en tus pies con su figura en el lateral se hayan convertido en algo distintivo y sinónimo del juego en sí sobrepasa el límite de lo imposible.  Si las llevas es porque amas tanto el juego como ÉL. En la NBA sólo las visten los que quieren recorrer el mismo camino que ya recorrió hacia la divinidad absoluta. No lo conseguirán. Nadie lo hará. Sólo habrá un ÉL. Michael Jordan.

 

Calendario basket4us
Clasificación basket4us


SPORTYOU