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Nadie como tú

Los mates de Shaq ya son historia en la NBA./Getty

Un niño de diez años mira la televisión. Se ha pasado la tarde entre deberes y la calle. Sube a casa y su madre le dice que se prepare para cenar. Enciende el televisor. Ve a un tipo gigantesco jugando al baloncesto, pero este niño rápidamente se da cuenta de que no juega como los otros. Su tamaño le asombra. No sabe si creer que haya alguien de esas dimensiones. Piensa que es una broma cuando ve a ese gigantón cargarse la canasta como si fuera un anuncio. El niño le pregunta a su madre si alguien puede romper una canasta. La madre mira al niño extrañada y le contesta: “Anda, niño. No digas tonterías”.

Ese niño, al día siguiente en el colegio, habla con sus amigos. Dice que ha visto a alguien cargarse una canasta haciendo un mate. Lo ha visto en la tele. Sus compañeros de clase le miran extrañado. Tienen la misma expresión que su madre: “Estás loco, rubio”. El niño se queda mirando la canasta del patio durante el recreo. Ve imposible llegar al aro. Observa a los mayores cómo juegan al baloncesto. Algunos son muy altos, pero ninguno llega a machacar como vio la tarde anterior.

El niño en cuestión jugaba al fútbol siempre, pero también al baloncesto. Practicaba ambos deportes, pero le tiraba más lo del fútbol y meter goles o pararlos, según cómo se hubiera levantado esa mañana. Lo del baloncesto le parecía entretenido, pero tampoco era pasión. Lo que sí le estaba volviendo loco era lo del hombre de raza negra tan grande que había hecho algo que nadie pensaba.

Pasaron los días y el niño no veía nada por la televisión de aquel gigante. Nada hasta que pasando por un quiosco con su abuelo, se fijó en una foto de una revista. ¡Era él! Portada de una revista de baloncesto. Se llamaba Gigantes y descubría que había revistas de baloncesto. La insistencia de un niño de diez años puede ser agotadora para un adulto que el abuelo no tuvo más remedio que comprar aquella revista. El niño quería saber quién era aquel gigante que le tenía sorprendido.

Devorando la revista y las fotografías, por fin obtuvo alguna respuesta. Se llamaba Shaquille O´Neal y jugaba en la NBA. Eso de la NBA le sonaba lejanísimo a ese niño. Demasiado. En la revista hablaban de ese tipo gigante como un tipo rápido y altísimo. Con una fuerza descomunal, capaz de romper un tablero. Jugaba en la misma ciudad en la que estaba Disneylandia: Orlando. Le hacía gracia una foto en la que este jugador llevaba las orejas de ratón de Mickey Mouse.

El niño, parlanchín y preguntón, fue al día siguiente al quiosquero a preguntarle que cuándo llegaba el siguiente número de la revista. “En unos días”, le respodió. El niño buscó las pesetas necesarias para comprar el ejemplar. Había nuevas fotos de Shaq. La revista fue enseñada en el colegio como prueba de que el niño llevaba razón. Los amigos, por fin, se dieron cuenta de que no había mentira.

Al final del verano de aquel año 93, el niño recibió un regalo espectacular. Un primo suyo era un loco del baloncesto y, al ver que el niño estaba obsesionado con Shaq, le prestó una cinta VHS con sus mejores jugadas. El niño vio cosas alucinantes. Cosas que en la televisión no se había emitido. Boca abierta… a partir de ese momento, el niño jugó más al baloncesto, se interesó lo que su edad y la peonza le dejaban pero el “virus NBA” estaba ya dentro de su cabeza…

Pasaron los años y ese niño ponía los partidos en Canal Plus de madrugada sin que se enteraran sus padres. Veía a Montes y a Damiel contar historias y relatar hazañas. Estaba Shaquille, estaba Jordan, estaba Grant Hill, Iverson, etc… la NBA era una de sus pasiones.

Y el culpable fue Shaq rompiendo una canasta…

Por cierto, aquel niño impresionado es el que escribe estas líneas.

Gracias, Shaquille. Gracias por todo. Hasta por aquel choque fortuito en el All Star. Al verte recordé todo lo vivido aquellos días. Me sentí como ese niño rubio de diez años al no creía su madre.

@ICano14

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Fecha | 02.06.2011 12:26

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