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No es sólo baloncesto

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"No sólo es baloncesto"

Día sí, día también, el goteo de noticias relativas a Donald Sterling es incesante. Llevamos alrededor de un mes con las grabaciones telefónicas, las acusaciones racistas, los castigos ejemplares de la NBA, las amenazas de jugadores, una ex mujer con una pasión repentina por el baloncesto, una amante que conduce un Ferrari pero que sale a la calle con una careta de soldador, el ahora pago la multa, ahora no… y todo con el baloncesto como excusa.

Yo ya me he hartado. Pese a que al principió me llamó la atención, estoy cansado de escuchar en cada retransmisión un nuevo capítulo del caso Sterling. Me aburre encontrar crónicas en la que los protagonistas hacen referencia al suceso. Y, sobre todo, detesto que nadie, al menos de manera rotunda, se decida a aparcar el tema y a centrarse en lo importante: el deporte.

Cierto es que la NBA y los medios norteamericanos añaden ese componente de espectáculo al deporte. Se comprende y se acepta porque el show gira en torno al juego y potencia la experiencia del aficionado, ya sea desde el pabellón (espectáculos del descanso, actividades en el recinto, regalo de merchandising, oferta gastronómica, etc.) o desde el sofá de casa (entrevistas entre cuartos, micrófonos en jugadores, entrenadores y árbitros, variedad de cámaras, realización cuidada, etc.). A pesar de todo, existe una línea muy fina entre el entretenimiento positivo y la explotación del morbo. Y yo, llegados a este punto de la competición, me planto.

A los que opinan que esto “es sólo baloncesto”, les respondo adaptando el texto que puede encontrarse en Internet: díganselo al niño que se levanta un sábado a las ocho de la mañana, para jugar en pleno invierno un partido en la calle con su equipo de colegio. O mejor, repróchenselo a los padres del niño, quienes le acompañan y alientan en las victorias y las derrotas. Recuérdenselo a los que miran con nostalgia la foto de ese campeonato escolar, por el que hipotecaron rodillas o tobillos. A mayor escala, planteenles esta cuestión a los aficionados que gastan su dinero en localidades o a los que visten la camiseta de su equipo en cancha rival. En todos estos casos hay una motivación común: el baloncesto.

En el deporte no hay espacio para el racismo, pero tampoco el morbo tiene un lugar privilegiado. Los detalles de este juicio a una persona no pueden apartar al motor de este negocio, el baloncesto, a un segundo plano. El problema será de aquellos medios que no centren su atención en unos playoffs sobresalientes porque, quienes seguro no se van a dejar llevar por la corriente del “es sólo baloncesto” son los aficionados.

 

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