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Ricky y yo

Ricky Rubio./ Getty Images

Lo siento Pepu, no soy un espectador fiel al baloncesto. Me divierte y me interesa ver partidos importantes, como la final de la Copa del Rey, la final de la ACB o la Final Four. Y si la NBA se disputara a un horario saludable me engancharía. Siempre he imaginado que si viviera en Estados Unidos no habría noche en la que siguiera la jornada con pasión. Pero no es el caso. Mi relación con el baloncesto ha vivido mucho más bajos que altos. El pico más grande de todos lo estoy viviendo ahora. La culpa es de Ricky Rubio, y a través de este texto quiero encontrar el motivo de mi adicción.

“Descubrí” el baloncesto con la llegada de Pau Gasol a la NBA. Tenía 14 años cuando el segundo español de la historia desembarcó en la mejor liga del mundo. En mi casa teníamos Digital Plus, y caí en la tentación arrastrado por la expectación y maravillado por las geniales retransmisiones de Andrés Montes y Antoni Daimiel. Mi hermano, al que no le interesaba tanto, y yo dormíamos en la misma habitación, por lo que ponía el audio bajo y me pegaba a la tele para no despertarle. Se cabreó más de una vez porque no podía evitar dar un salto cada vez que Montes narraba una gran jugada de Pau. Las expresiones ‘pincho de merluza’ o ‘E.T.’ al principio me producían hasta escalofríos. Era emocionante. Estabilizado el ‘boom’, mis madrugadas de NBA fueron disminuyendo poco a poco.

Ricky Rubio./ Getty ImagesDesde entonces me he limitado a seguirla muy de vez en cuando a través de informativos, de los resúmenes que daba (y seguramente seguirá dando) Canal Plus en su programa ‘Más Deporte’, de esa bendita pestaña ‘Box Score’ en NBA.com, de otras webs y, ahora, sobre todo a través de Basket4us.com. He tenido otras rachas de seguimiento a la NBA como las primeras semanas del desembarco del resto de españoles, sobre todo de Juan Carlos Navarro. O cuando Pau Gasol rompía alguna barrera: playoff, All-Star, primeros partidos con los Lakers, Finales… Pero la mayor parte del tiempo ha sido algo lejano, secundario.

Ahora, de repente, ha aparecido Ricky Rubio, y en un mes he visto más partidos solo de Minnesota que de toda la NBA el año pasado. Un equipo del que solo sabía que allí jugó muchas temporadas Kevin Garnett. Al igual que ocurriera en 2001 con un tal Stromile Swift ahora me desespero de madrugada con Darko Milicic. Aquel año flipaba con Jason Williams, y ahora lo hago con Kevin Love.

Diría que la explicación a esta adicción va por el camino del estilo hipnotizante del jugador en cuestión. No puedo evitar comparar a Ricky con Xavi, Iniesta o Silva. Con ese jugador que te obliga a tener los ojos abiertos como platos porque en cualquier momento puede inventarse un pase maravilloso, acabe en alley oop o en un mano a mano con el portero rival. Son características del juego que te remontan, al menos a mí, a la infancia. En aquelle época yo no soñaba con marcar los goles de Messi. Si pudiera elegir, elegiría tener las virtudes futbolísticas de Iniesta. Cuando nos daba en el recreo el arrebato de optar por la pelota de baloncesto en lugar de por la de fútbol-ocurría poco-, prefería dar buenas asistencias que hacer mates.

El patriotismo es un factor que influye, pero no es fundamental. No soy yo muy patriótico. Me temo que por mucho que me esfuerce jamás encontraré los motivos por los que celebro de madrugada los triples de un tal Tolliver, que parece muy simpático.

@JoseMendoza24

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Fecha | 27.01.2012 14:59

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