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Shaquille O’Neal

Hagamos un ejercicio de regresión: una tarde de domingo jugando con su sobrino/hijo/hermano pequeño, etc. Diferencia de altura y peso considerable. Un hombre frente a un niño. Victoria para el hombre. Por fuerza, velocidad y estatura. Sea al deporte que sea. Todos hemos vivido o “sufrido” algo así. Bien. Ahora, fijen esa sensación de superioridad apabullante, multiplíquenla por veinte y ubíquenla en un pabellón de baloncesto junto a los mejores jugadores, más fuertes, altos y rápidos del mundo. El hombre que “jugaba” con ellos como si fueran niños: Shaquille O´Neal.

Ese dominio absoluto e imparable fue lo que movió y transformó la pintura desde la llegada de Shaq en 1992. Tanta fuerza y velocidad nunca había sido vistas en la NBA. Nunca. Fue un nuevo pionero físico. A finales del siglo XX un cuerpo del futuro comenzó a vivir entre los mejores. Su primera temporada fue de una repercusión deportiva y mediática de dimensiones tan colosales como sus brazos. Rookie del año, algún tablero destrozado, mucho miedo en los rivales y cariño de los aficionados.

Pívot. 2,16 metros. Más de 130 kilos. Velocidad y fuerza hasta el extremo. Sus primeros pasos fueron tan seguros y rápidos como sus reversos en la zona. Un torrente juvenil y descarado que manejó la conferencia Este desde su posición. Los Magic construyeron alrededor de él un equipo casi campeón. Sin embargo, las horas de vuelo de Shaq eran insuficientes ante el conocimiento del juego de Hakeem Olajuwon. Su primera oportunidad de ser campeón se esfumó demasiado rápido. Sin tiempo de poder saborear y devorar el momento. Los Rockets eran demasiado equipo. Pero como todos los grandes jugadores que pierden un combate, O´Neal se levantó de aquel golpe. Su periplo y sus músculos parecían desgastados en Florida. Necesitaba domesticar su salvaje energía. Buscaba un guía zen en su fuerza y baloncesto.

Tras cuatro temporadas creciendo (en todos los aspectos físicos) puso rumbo hacia Los Ángeles y hacia el oro y púrpura. Su escalada hacia la gloria comenzaba de verdad. Phil Jackson dominó y enseñó al tornado. Pasó de ser un físico mitológico que manejaba a los hombres como si fueran niños a transformarse en un jugador de otra dimensión. La sensación de superioridad de la que hablaba antes se pulió de tal manera que, junto a Kobe Bryant, formó una de las parejas más gloriosas de todos los tiempos. Tres anillos de la NBA con uno de los equipos más lustrosos. Shaq ya era una leyenda. Pero quería más…

La dupla atómica de los Lakers se disolvió por lo que suelen hacerlo: los egos. Un choque planetario que mandó a Shaq de nuevo a Florida. Esta vez fueron los Heat los que le recibieron con los brazos abiertos. Junto con Wade construyó un dúo sorprendentemente eficaz y maravilloso. Triunfador cuando nadie se le esperaba. Ya no era tan apabullante pero sí muy eficaz en juego (nunca desde la línea de los tiros libres). Un Shaq más maduro y cuajado puso en práctica las enseñanzas aprendidas y las supo aplicar.

Shaquille O´Neal triunfaba como hombre que “maneja” a sus contemporáneos. Junto a él crecieron dos superestrellas actuales y su modelo fue imitado por otros con cuerpos igual de privilegiados que el suyo. Shaq se fue apagando poco a poco. Ya no devoraba como lo hacía antes. Daba igual. Era el hombre que había transformado el puesto de pívot de final de siglo.

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Autor | Inaki-Cano
Fecha | 28.04.2012 09:05

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