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Sólo es otra loa a Ricky Rubio

Ricky Rubio, vistiendo la camiseta de su nuevo equipo./Getty

Sería primavera del año 2004, el que firma a la siniestra se acompañaba de un café con leche –en vaso y templado, por favor- mientras leía el Gigantes de la semana en la difunta cafetería Zahara –combinado número tres, no sabes cómo te echo de menos-, en la Gran Vía madrileña. Era tiempo de Campeonatos de España y el director Paco Torres mostraba una nada disimulada emoción ante un chaval llamado Ricard Rubio. Halago por aquí, loa por allá, “¡y sólo tiene doce años, no recuerdo la última vez que vi tanto dominio sobre una cancha!”. Parafraseo de memoria, pero viene a ser lo que leía. De nuevo volviendo a las desventuras del izquierda firmante, demostrando cómo en tantas ocasiones peca más de negativos adjetivos que de crédulo, cerró la revista refunfuñando algo así como “pues vaya, ya será la realidad así de exagerada”, le quitó el plástico al disco de Miles Davis que acababa de comprar, le dio otro sorbo al café, y se refugió en los hilarantes temas NBA que por aquel entonces perpetraban entre David Carro y Raúl Barrigón.

Un viaje rápido en el tiempo ofrece una inexacta perspectiva de la reconversión que sufrí, de incrédulo a ferviente seguidor. Una inverosímil canasta desde campo propio y retorciendo el medio segundo de posesión que restaría en un Europeo de categorías inferiores ante Rusia, un precoz debut con la Penya, maestro Aíto mediante, un entregado reportaje en la revista Slam con un total de cero declaraciones del protagonista, curiosas políticas de comunicación, una feliz madrugada siguiendo el draft en que fue elegido en quinta posición por Minnesota mientras mantenía comunicaciones con California por razones que no vienen al caso… Imágenes que evocan la conversión de Ricard en Ricky. Que hablan de cómo un chico de El Masnou se convierte en la gran esperanza a ambos lados del Atlántico, de cómo las circunstancias se convierten en las idóneas para que bien estemos ante el próximo Michael Jordan, el próximo Drazen Petrovic, el próximo Magic Johnson. O el próximo juguete roto.

Afortunadamente, ni lo primero ni lo último. Y no será porque no ha tenido oportunidades para convertirse en cualquiera de ambas realidades, especialmente la segunda. Recuerdo especialmente un partido, ‘El Desafío de las Estrellas’. Era verano de 2010, España se enfrentaba a EE UU en la preparación para el Mundial 2010, a celebrar en Turquía. Tuve la fortuna de entrevistar, poco antes de aquel partido, a algunos jugadores norteamericanos. Conocían a Pau Gasol, demostraban haberse estudiado bien los ‘scoutings’ mostrando respeto por Juan Carlos Navarro, por Felipe Reyes, por José Calderón. Alguno se lo había estudiado demasiado bien, Kevin Durant hablaba de un duro duelo con un buen defensor, Carlos Jiménez, retirado dos añoa antes de la selección, con todos los honores. Pero, más allá de Pau Gasol, el nombre de Ricky Rubio salía de forma natural. Todos querían conocer en primera persona a ese chico del que tanto se hablaba. Bien, llegó el encuentro. José Calderón era el base titular en el equipo entrenado por Sergio Scariolo, pero Ricky ofreció una fantástica actuación, entre pases, robos, lujos varios. La fatalidad se cebó con España y con Ricky. También, en última instancia principalmente, con Calderón, esa fantástica persona, ese gran jugador. Una lesión le impedía acudir al Mundial, e inmediatamente Ricky se convertía en el primer base de la selección. Algo cambió en ese momento. La responsabilidad de llevar las riendas en un equipo que, por aquel entonces, intentaba jugar un baloncesto eminentemente ‘europeo’ le debieron sentar como unas salchipapas a horas indebidas. Fue como si desapareciera su magia y su cabeza se convirtiese en un cúmulo de atosigada responsabilidad en la que se entrecortaban los mil y un sistemas trazados bien por Sergio Scariolo, bien por Xavi Pascual, por otra parte, dos grandísimos entrenadores, por muchas razones, siendo sus trayectorias sólo parte de la historia. Ocurre que la magia de Ricky pareció quedarse en algún lugar camino de Izmir, y no apreció ni durante el Mundial ni durante su sucesiva temporada en el Regal Barcelona.

Sospecho que sé también dónde dejó la mencionada magia. En su día le dio su palabra a los Timberwolves, “dos años creciendo en Europa y voy para allá”. Dicho y hecho, verano de 2011, probablemente tuvo que renegociar, culpa del ‘lockout’, los términos en el aeropuerto de El Prat, pero a fe que recuperó su maleta cuando, por fin, emprendió su viaje a Minnesota.

La historia de su llegada a la gélida ciudad –Ricky, lo que te espera cuando el invierno haga mella- ha quedado bien glosada en varios sitios, este en particular. Me las podría dar de listo y afirmar que tenía plena confianza en que el baloncesto NBA era el apropiado para que renaciese la mejor versión de Ricky. Estaba convencido de ello, pero he de reconocer que en mi propia liga Fantasy opté por Carl Landry antes que él, y ya era demasiado tarde en la siguiente ronda. Pero, como tantos aficionados, disfruto como el que más viendo cómo se ha convertido en un ídolo que responde a las expectativas. Observando como LeBron James se queda a ver un partido de los Wolves –algo que la pasada temporada no habría hecho ni el hermano, si lo tiene, de Kevin Love-, y a la cuarta asistencia imposible le regala un fantástico twitt. “That Rubio can pass that rock!”. Por alguna razón, no puedo dejar de sonreir cuando leo que uno de los analistas de referencia en NBA.com, John Schumann, trata de elogiar el debut de un temporero en New Jersey y se justifica así: “De acuerdo, no fue un debut al estilo Ricky Rubio, pero no estuvo mal”.

@rafa_gallego83

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Fecha | 30.12.2011 18:50

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